El cuerpo como anamorfosis del Uno
Antoni Vicens
Lacan, en el Seminario El Sinthome, ajusta el tema del cuerpo para nuestra clínica, la del goce cuando hace Uno. “El ser hablante adora su cuerpo porque cree tenerlo” — esta es la lección primera.1 Si deja de tenerlo es porque, de un lado, no es todo, y, del otro, en el acto sexual pierde la erección de su representante fálico. (Recordamos aquí las reflexiones de Jacques-Alain Miller en el XV Congreso de la AMP sobre la castración y la detumescencia.) De la feminización depende el no someterse a la dicha tristeza post-coitum. Pero muchas veces él suele preferir un buen sueño.
Tener un cuerpo es entonces una creencia; que puede llegar a ser delirante. Este último caso da lugar a decisiones de transformación singulares; en nuestra clínica estamos atentos a esto. Puede tomar la forma de una enfermedad (marca visible o dolor invisible), de tatuajes sin fin, de modificaciones al límite. A través de todas las transformaciones, el cuerpo toma consistencia de escritura, se hace Uno solo o uno contable. En la melancolía el Uno se hace desecho con esperanza de muerte, ya sin goce disruptivo.
Conseguida entonces alguna consistencia, el cuerpo entra en el paraíso de lo imaginario. Y Lacan señala que esa consistencia es lo único que lo real comparte con lo imaginario.2 Es el medio por el que lo real acepta tener un litoral con el sentido, merced a lo cual el cuerpo no se fuga a cada instante.
Aprendemos, y es nuestra primera enseñanza, a mantener las secreciones en secreto: ropa limpia, control de esfínteres, disimulo de los olores, privacidad del sexo, miedo a la sangre, hasta, donde por desgracia la hay, la pena de muerte indolora. Las incontables escenas frías de violencia en los medios de masas nos alejan más que nos informan de ella.
El cuerpo es una metamorfosis, sede de cambio constante, lugar de signos y de significantes. Y la transformación es un camino hacia la única unidad a su alcance, la del corpse (como nos instruye Lacan), el cadáver. Mientras tanto, el cuerpo es un consumible, algo como una pieza substituible. El amo manda cuerpos a la guerra como unidades contables. Lacan utiliza la palabra consumation, “consumación”, que significa destrucción, agotamiento; pero, en su lengua, consommable es también susceptible de ser jodido. La unidad del cuerpo es su pulsión de muerte, lo que es tanto como decir que la vida de la que es portador no da marcha atrás. Con ello es el lugar de un amor hecho de una adoración que le da consistencia, consistencia de Uno. Joder da lugar a mucho cuento, dice Lacan, para hacer como si fuera nada considerar la imposibilidad de escribir el comercio sexual: no es un don, no es un toma y daca, cada Uno se pone ahí sin encontrar la verdad.3 El cuerpo es adorado a fin de extraerlo de la mentalidad y llevarlo al acto sexual, donde puede dejar de lado su interior.
Ilustrémonos con el caso de Narciso. Cuando nació, sus padres consultaron con Tiresias, el cual emitió el oráculo: “llegará a viejo si no se mira”; otros traducen “si no se conoce”. Narciso, insensible al amor, incluso al más apasionado, el de la ninfa Eco, cuando oye el grito de coeamus!, “juntémonos”, “coitemos”, sale huyendo. Eco, desesperada, se da al ascetismo más severo, hasta dejar su propio cuerpo reducido a una voz, que ni siquiera es la suya. Las mujeres se sintieron despreciadas como género y clamaron al cielo pidiendo venganza. Némesis las oyó. Cuando tras la caza, sediento, Narciso se acercó a una fuente y se inclinó a beber, se vio, se miró y se enamoró de su cuerpo. Tanto se acercó a él para besarlo que murió. Y cuando se trasladaba al país de los muertos, aún se miraba en el Estigio. Y allí donde murió, nació una flor azafranada, el narciso, una bella flor tóxica que pasa la vida contemplándose en el agua.4
Precisemos que Narciso no es el escabel de su belleza, sino quien lleva el amor a la muerte. El escabel lacaniano no es el amor, sino el punto en el que el cuerpo supuesto propio es el proyecto de la consistencia de lo imaginario.5 Que, en la clínica, cuidamos.
Narciso creía tener un cuerpo; temía perderlo en el coito; creía que el amor era dar lo que pensaba poseer.
El cuerpo es Uno en la medida en que no es visto en el espejo sin una anamorfosis que lo haga entero. Gregor Samsa, el personaje de La metamorfosis de Franz Kafka, se ve Uno en “un insecto monstruoso”. Va acostumbrándose así a tenerse como cuerpo; sus padres abominan de él; su hermana deja comida basura para que sobreviva. Separado de la madre en peligro de muerte, con un trozo de cristal clavado en la cara, trozo de espejo que no volvería a reflejar su imagen, con una manzana progresivamente podrida clavada en su caparazón, perdido para lo imaginario, encuentra lo real de su cuerpo: una basura, evacuada por la criada sin más historias. Uno del cuerpo, uno del desecho destinado al cero de origen, para que subsista la familia, sin padre.
Estas historias, entre otras, marcan un límite a la recepción del propio cuerpo; generalmente entran a formar parte del marco fantasmático de la percepción interior. Pero en la lengua podemos encontrar un verso que recite nuestra gracia de vivir, o un baile de agujeros que sostenga nuestra condición. Tomemos, mejor que las calamidades míticas, el valor singular de nuestras formaciones del inconsciente, de nuestras formas de gozar, de la Aufbau des Organismus, la construcción o estructura del organismo (véase el libro de Kurt Goldstein, para quien los órganos se relacionan los unos con los otros de manera consistente).6 Hay una arquitectura que nos permite alojar la angustia cuando viene a señalarnos un trozo de vidrio o una fruta podrida de nuestro fantasma, o cuando la singularidad del delirio nos acerca a lo invivible, o cuando el orgasmo nos grita. Quizá una metamorfosis mesurada nos hace vivos en un mundo de habla, de equívoco, de mirada, de maldición, de lenguaje, de escritura, de desafío, de tiempo, de trabajo, de amor y de muerte. Llamémosla psicoanálisis, para seguir los pasos de un tal Freud, llamado Alegría.
Notas:
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Lacan, J., El Seminario, libro 23, El Sinthome, (texto establecido por Jacques-Alain Miller). Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 64. ↑
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Ibid. ↑
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Ibid. En francés dice: “…de trop s’en ranconter”. Traducido como “por contarse demasiado”. “Contarse” vale aquí también como “tener mucho cuento”. ↑
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Ovidio, Metamorfosis, edición de Consuelo Álvarez y Rosa Mª Iglesias, Ediciones Cátedra, Madrid, 2003, pp. 293-300. ↑
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Lacan, J., op. cit., p. 63. ↑
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Goldstein, K., La estructura del organismo, F.C.E, México, 1978. ↑
