Lo que la adoración vela

Foto Joaquín Careti

Joaquín Caretti

La primacía dada al goce en la última enseñanza de Lacan tiene como consecuencia lógica la centralidad del cuerpo como el lugar donde este se goza, donde el goce se asienta, donde el goce se siente. Se instala una nueva concepción de lo imaginario, un imaginario dotado de una consistencia primera y esencial que es la consistencia del cuerpo -opuesta a la función del sujeto que es esencialmente una variable-1 y que lo iguala en el nudo borromeo a la consistencia de lo simbólico y lo real. Lo imaginario ya no es solo el campo de la imagen del estadio del espejo sometido a la especularidad con el semejante, sino que dicha consistencia -no habiendo otra- es la que mantiene unido al parlêtre. Es esencial señalar que esta consistencia -tal como lo afirmó Lacan- es mental, no física, lo cual hace señalar a Jacques-Alain Miller que “el lazo más estrecho con este Un-cuerpo no es simbólico, sino más bien imaginario.”2 El pensamiento para Lacan es una potencia del orden de lo imaginario3 “porque estamos obligados a imaginar todo lo que pensamos”4 y hacerlo con palabras ya que no pensamos sin ellas. La consistencia de lo simbólico no sirve para realizar esta unión porque se sostiene en un discurso universal que es común, transindividual, y que desborda al parlêtre.5

En este marco se verifica la insuficiencia del concepto sujeto dividido y asistimos al intento de Lacan de conseguir que dicho sujeto, lo representado por un significante para otro significante, sea reemplazado por el término de parlêtre, acorde con la nueva concepción del goce y el inconsciente que él estaba trabajando. Parlêtre es la palabra que viene a señalar que es necesario incluir algo que no había sido jerarquizado lo suficiente: la articulación entre la palabra y el cuerpo. El cuerpo como lugar de las marcas de goce -acontecimiento de cuerpo lo denominó Lacan- que impuso la entrada de la palabra, cuerpo que es el lugar de asiento de todas las variaciones y avatares de los afectos que el parlêtre experimenta a lo largo de su vida, sea del orden de la felicidad o del sufrimiento, del amor o de la angustia, de la inhibición o de la exaltación: nada del goce es sin cuerpo. El parlêtre nos introduce -como dijimos- en un nuevo imaginario alejado de la imagen especular que ya estaba desvalorizada por la potencia de lo simbólico. El goce, en el primer momento de la enseñanza de Lacan y su esquema L, quedaba incluido en los juegos especulares entre los yoes. Sin embargo, el goce que emerge en la última enseñanza es un “goce opaco, que excluye el sentido, […] un goce reacio, rebelde, incompatible respecto de la estructura del lenguaje, que no se deja significar”.6

Esta primacía del cuerpo vivo atravesado por el goce tiene diversos efectos en la concepción de la cura ya que centran la escucha y la intervención del analista no solo en el descifrado del síntoma, sino, especialmente, en el trabajo de reingeniería sobre la iteración de una satisfacción paradójica -pues es un goce vivido como sufrimiento- que se ubica más allá del sentido. Es esta la clave de un posible fin del análisis donde habría una reconciliación con el goce y el parlêtre podría vivir su ser como la manera singular en la que goza.

Este cuerpo marcado por la palabra es al que se adora porque se cree que se lo tiene como si fuera un objeto disponible. Pero Lacan afirma que, en realidad, no se lo tiene porque el cuerpo a cada rato levanta campamento, hasta su extinción final: cualquier ilusión de eternidad queda vetada. El lazo con el cuerpo adorado no es simbólico, sino más bien imaginario siendo dicha adoración, según Lacan, “la raíz de lo imaginario”.7 Es decir, que cuando nos situamos en la adoración –“una suerte de amor primario, no al Otro, sino a sí mismo”8 estamos en el terreno de lo imaginario, lejos de lo real del cuerpo. En este contexto, Lacan sostiene que “[…] la adoración es la única relación que el parlêtre tiene con su cuerpo”.9 Es decir, que hay una relación del parlêtre con su cuerpo en el terreno de lo imaginario, relación que no es epistémica pues hay una ignorancia respecto de lo que hay en el cuerpo.10

De ahí que podamos pensar que dicha adoración, al tiempo que es la expresión de la consistencia conseguida, opera como un velo de lo real del cuerpo, un modo de hacer del parlêtre con la inquietante extrañeza que el cuerpo le provoca. Es el acontecimiento de cuerpo -acontecimiento de goce que no vuelve nunca a cero- el que viene a ser velado por la consistencia otorgada por la adoración.

Sabemos que la consistencia que la adoración del cuerpo proporciona es endeble pues la iteración del acontecimiento de cuerpo, es decir del sinthome11, se manifiesta a lo largo de la vida del parlêtre y es el punto clave del trabajo analítico más allá del trabajo con las formaciones del inconsciente. Así lo podemos leer en diversos testimonios de analistas de la Escuela (AE) donde el abordaje de este goce se produce más allá del sentido, más allá de los embrollos de lo verdadero y de cualquier adoración del cuerpo, consiguiéndose un saber hacer con él, inventando un modo de arreglárselas.

Lacan intentó elaborar una forma de pensar que estuviera disyunta de lo imaginario, “un pensamiento que no esté basado en la adoración del Un-cuerpo, sino emparejado con la escritura, con la idea de que esto permitiría alcanzar lo real”.12

jcaretti777@hotmail.com

 

Notas:

  1. Miller, J.-A., Piezas sueltas. Paidós, Buenos Aires, 2013, p. 417.

  2. Miller, J.-A., El ultimísimo Lacan. Paidós, Buenos Aires, 2013, p. 109.

  3. Ibid.

  4. Lacan, J., El Seminario, libro 23, El sinthome (texto establecido por Jacques-Alain Miller). Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 90.

  5. Miller, J.-A., Piezas sueltas. Op. cit., p. 417.

  6. Miller, J.-A., Sutilezas analíticas. Paidós, Buenos Aires, 2011, p. 253.

  7. Miller, J.-A., El ultimísimo Lacan. Paidós, Buenos Aires, 2013, p.109.

  8. Miller, J.-A., Piezas sueltas. Op. cit., p. 418.

  9. Lacan, J., El Seminario, libro 23, El sinthome. Op. cit., p. 64.

  10. Miller, J.-A., Piezas sueltas. Op. cit., p. 418.

  11. Ibid., p.75. “Lo que Lacan denomina sinthome es la consistencia de esas marcas (de goce), y por eso él reduce el sinthome a ser un acontecimiento de cuerpo.”

  12. Miller, J.-A., El ultimísimo Lacan. Op. cit., p. 115.

 

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