EL CUERPO DEL ANALISTA, PRESENCIA REAL

Foto Marta Serra

Marta Serra Frediani

El análisis es -desde sus inicios con Freud- una práctica de palabra entre el analizante y el analista, sin embargo, analizar al sujeto del inconsciente no es lo mismo que analizar al parlêtre porque ese cambio –además de incluir una concepción distinta del orden simbólico y de lo real– también da un protagonismo inédito a los cuerpos, no solo al del analizante sino también al del analista.

El funcionamiento de esos cuerpos puede abordarse desde los tres registros:

Por un lado, todo cuerpo es un instrumento del lenguaje dado que se requiere de uno para que la lengua se inscriba y también para poder hablar. En la sesión analítica, el analizante habla con su cuerpo y el analista requiere del suyo para la interpretación y el acto.

Además, los cuerpos son también un aparejo relacional: salvo excepciones, es con la imagen del propio cuerpo que cada cual se identifica y también reconoce a los otros gracias a la imagen de sus cuerpos; son estas imágenes las que permiten establecer semejanzas y diferencias, sosteniendo las relaciones especulares propias del registro imaginario. No cabe duda de que, en la experiencia analítica, la imagen del analizante y del analista participan de esa dimensión y producen efectos en la transferencia.

Y finalmente, el cuerpo también tiene su estatuto real, el cuerpo existe, está donde está, y allí donde está constituye, en sí mismo, una pura presencia. Un análisis solo es posible con la existencia de dos cuerpos.

A partir del momento en que Lacan alcanzó a formular que el significante es causa del goce del cuerpo hablante la concepción de la sesión analítica se clarificó: en un análisis, el analizante se empeña en intentar decir todo lo que le pase por la cabeza y su blablá se va polarizando, decantando ciertos significantes privilegiados. Lo crucial del asunto es que se decantan, no por azar, sino por el goce que conllevan, por lo real que portan. Así se esclareció porque un análisis consiste en "deshacer por la palabra eso que fue hecho por la palabra".1

Entonces, la presencia del analista es fundamental para impedir al analizante embrollarse aún más con el sentido producido por la articulación entre significantes, entregándose a un goce de la palabra que velaría -aún más si es posible- lo real indecible. Por eso, la presencia del analista apunta a incomodar esa asociación entre simbólico e imaginario que es el sentido, presentificar su impotencia respecto de lo real al analizante, lo que requiere que se disponga a encarnar el plus de goce.

La tarea del analista es doble: por un lado, debe empujar a la producción significante para que el analizante pueda así atrapar sus significantes amos, esos con los que se ha trenzado un destino y, por otro lado, lo que llamaría la vertiente inhumana del acto del analista, que lejos de comprender a su paciente, lejos de aspirar a cualquier bienestar para él, debe empujarle a enfrentar que allí donde sufre, goza.

Se trata de que el cuerpo del analista esté al servicio de estas tareas y para ello es importante reducir su valor simbólico e imaginario, para que la orientación primordial sea hacía lo real, lo que tiene tres medios fundamentales:

Sustraer el cuerpo del analista del campo imaginario

Con la introducción del diván, la imagen del cuerpo del analista desaparece del campo visual del analizante. La mirada pierde cualquier función de apoyo. Freud sostuvo que esa sustracción era un resto del tratamiento hipnótico, pero que merecía ser conservado para no ofrecer material imaginario del analista al paciente que pudiera interferir en la cura.

El analizante se ve llevado a hablar sin poder orientarse por el efecto de sus palabras sobre el analista, la única brújula de su asociación libre es el efecto que éstas producen sobre él mismo, sin embargo, la presencia real del analista se acentúa aún más al eliminarse lo imaginario en juego. Ahora bien, en tanto el diván evidencia la disimetría analizante/analista, solo puede ser introducido cuando el analizante está ya interesado en su propia producción inconsciente, dispuesto a ponerse al trabajo bajo transferencia y a una cierta renuncia a la relación dual, lo que no es algo sencillo para todo parlêtre.

Introducir el silencio del cuerpo del analista en lo simbólico

El silencio del analista tiene un efecto crucial sobre la enunciación del analizante. Paradójicamente, el "sin palabras" funciona para él como una interpretación sostenida y reiterada: "todo lo que hablas no es sino semblante", oponiéndose de esta manera a cualquier encantamiento del sentido que produzca la asociación libre. El silencio acorrala al sentido, lo ataca. A nivel de lo simbólico las cosas se juegan entre veritas y vanitas, el analizante buscando producir una verdad y el analista puntuando lo vanidoso del sentido con su silencio. De nuevo, como sucedía también con la imagen, al sustraer la palabra del analista, se acentúa su presencia real.

Lacan decía2 que el guardar silencio del analista es poner en juego un callar en lugar de responder, de forma que el silencio del cuerpo deviene acto, pero eso no excluye que el analista vele sobre la enunciación analizante, como dijo Guy Briole3 "(...) velar como uno vela la leche sobre el fuego, es decir, no dejarse desbordar por lo que le empujaría a decir".

Hacer presente el cuerpo real del analista en el corte de sesión

El corte de sesión lacaniano no obedece a relojes: se impone. Se impone al analista como al analizante, llevando al primero a realizarlo como acto y al segundo a recibirlo como imprevisto. Si puede tener el valor de acontecimiento es porque surge en el analista como efecto de un decir, el decir del analizante, y, al tiempo, tiene también sobre este último efectos de decir, incluso si es un decir sin palabras, pero que –en tanto acontecimiento– marca un antes y un después irremediable.

Con el acto el cuerpo real del analista recupera sus registros simbólico e imaginario, que siempre estuvieron allí, aunque velados. Eso es lo que me permite abordar la afirmación de Lacan: "(...) el analista no hace semblante, él ocupa la posición del semblante",4 dado –me explico a mí misma– que solo desde esa posición es posible interrogar el goce, lo real. Es algo a pensar.

serrafrediani@gmail.com

 

Notas:

  1. Lacan, J., El Seminario, libro 25, Momento de concluir. Lección del 15 de noviembre de 1977. Inédito.

  2. Lacan, J., "Variantes de la cura tipo", Escritos 1. Siglo XXI, Buenos Aires, 2009, p.337.

  3. Briole, G., "El silencio en acto", Intervención en la Sede de Barcelona el 11 de noviembre de 2025. Inédito.

  4. Lacan, J., El seminario, libro 19, ... o peor (texto establecido por Jacques-Alain Miller). Paidós, Buenos Aires, 2012, p.170.

 

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