Repensar el psicoanálisis desde el punto de vista del esquizofrénico

Foto Manuel Fernández Blanco

Manuel Fernández Blanco

En la descripción del segundo eje, para la presentación de trabajos en estas jornadas, bajo el título “¿Tenemos un cuerpo?” se nos sugiere “repensar el psicoanálisis visto ahora desde el punto de vista del esquizofrénico”. Esta indicación, que puede resultar sorprendente, se apoya en referencias a Lacan extraídas del Seminario 23: El sinthome.

El esquizofrénico propiamente dicho no cuenta con el auxilio del Otro, ni siquiera del Otro persecutorio del paranoico. Por eso, el goce imposible de simbolizar, le retorna en lo real del delirio corporal. Cuando Lacan se refiere a la regresión tópica al estadio del espejo en la psicosis, apunta al fracaso del primer tratamiento que hace el sujeto de la falta. El niño antes del estadio del espejo, a falta de un cuerpo unificado (cuerpo, en ese momento, reducido a sensaciones cenestésicas dispersas), recurre a la imagen especular, sancionada por el Otro, como tratamiento inaugural de ese primer menos. Jacques-Alain Miller ha señalado cómo “[…] la imagen del cuerpo traduce siempre, y se puede utilizar así en el análisis, la relación del sujeto con la castración. El secreto de la imagen, el secreto del campo visual, es la castración”.1

El psicoanálisis comenzó por el encuentro de Freud con las histéricas, “esos piquitos de oro”, cuyos síntomas corporales de conversión encerraban un sentido enigmático. Sin embargo, hemos tomado como una referencia fundamental, para orientar los trabajos de las próximas Jornadas de la ELP, una cita de Lacan que se encuentra en la tercera lección del Seminario 23. Es donde expresa lo siguiente: “[…] junto a lo imaginario del cuerpo, algo como una inhibición específica que se caracterizaría especialmente por la inquietante extrañeza”.2 Un poco antes, había dicho que “la inquietante extrañeza depende indiscutiblemente de lo imaginario […]”.3

La inquietante extrañeza nos aproxima a lo siniestro. Lo siniestro es que se presente lo que no podría estar ahí, lo que no entra en las redes del reconocimiento, lo que no es especularizable. Pareciera que Lacan distingue en este momento una modalidad de lo imaginario no especularizable, un imaginario sin imagen, un anudamiento entre real e imaginario, que hace del cuerpo la consistencia del parlêtre. Dice Lacan: “El parlêtre adora su cuerpo porque cree que lo tiene. En realidad, no lo tiene, pero su cuerpo es su única consistencia […]”.4

Un poco antes había expresado que la consistencia es “[…] lo que mantiene junto”.5 Y añade: “[…] pobres de nosotros, solo tenemos idea de consistencia por lo que constituye una bolsa o un trapo. Esta es la primera idea que tenemos al respecto. Incluso al cuerpo lo sentimos como piel que retiene en su bolsa un montón de órganos”.6 Esta imagen del cuerpo, se aleja por completo de la imagen narcisista y, de algún modo, se aproxima a la imagen del cuerpo esquizofrénico, como suma desordenada de órganos y sistemas. Por lo tanto, la imagen adorable del parlêtre parece ser al mismo tiempo la que produce esa “inquietante extrañeza”.

Podríamos pensar que los cuerpos actuales son cada vez más imaginariamente reales y que ya no resulta suficiente valernos de las primeras formulaciones de Lacan que situaban a lo simbólico como el operador que desnaturaliza el organismo transformándolo en cuerpo. Tampoco estamos exclusivamente en el Lacan del Seminario 14 que afirmaba que el Otro es el cuerpo y tiene como destino ser marcado.7 El cuerpo, en el Seminario 23, es un cuerpo que obtiene su consistencia de un goce que se sitúa entre lo imaginario y lo real. Un goce menos dependiente de la père-version. Jacques-Alain Miller, en la Conversación de Montpellier, celebrada el 21 y 22 de mayo de 2011 (inédita), expresa que el término opacidad resulta congruente con el valor real que Lacan da a lo imaginario en este Seminario.

Antes hablaba de las histéricas que presentaban sus síntomas-mensaje a la escucha de Freud. Tal vez, en función de lo desarrollado hasta aquí, no sea casual que Lacan nos presente también en el Seminario 23 (al inicio de la lección VII), a partir de su análisis de la representación de la obra teatral de Hélène Cixous, El retrato de Dora, dos tipos de histeria. Lacan dice que la histeria, desde Freud, “es siempre dos”.8 Es el síntoma histérico que hace demanda, que presenta su enigma poniendo a prueba el saber del Otro, y que permite articular el síntoma a la interpretación. Por el contrario, la histeria rígida es una histeria sin Padre, sin intérprete. Éric Laurent se refiere a esta lección del Seminario para poner de relieve que la Dora de Cixous es una “histeria sin el sentido, sin ningún aparejo de sentido”.9 Tenemos entonces, por un lado, la histeria de a dos y la histeria, en palabras de Lacan, incompleta, “[…] reducida a un estado que podría llamar material, […] una especie de histeria rígida. Pronto verán, porque lo mostraré, qué quiere decir en este caso la palabra rigidez”.10 Y lo que explica Lacan a continuación es la cadena borromea rígida, que no está constituida por redondeles sino por tres rectángulos. Se trata de una construcción que se sostiene sola. Éric Laurent señala que “[…] se trata de un tipo de sujeción en el que no es necesario un anillo suplementario, el del Nombre del Padre, para que el nudo se mantenga”.11 La histeria rígida es una histeria sin ese interpretante que es el Nombre del Padre.

Esto supone una reformulación de la histeria, pensada no en relación al padre, sino directamente al cuerpo, un histeria dependiente de la materialidad sintomática en el cuerpo. La histeria rígida remite a una histeria sin el cuarto nudo y que no llama al partenaire interpretante, está sostenida en la escritura en el cuerpo, como acontecimiento del cuerpo, como presencia de lo real en lo imaginario del cuerpo.

Esto justificaría la propuesta de repensar el psicoanálisis desde el punto de vista del esquizofrénico, que se nos propone en la presentación del eje temático número dos. También puede ser una orientación para entender por qué las histéricas actuales se presentan tristes, fibromiálgicas, padeciendo de un dolor crónico en el cuerpo, pero sin mensaje, sin llamado al Otro de la interpretación. Remito en este sentido al trabajo, de imprescindible lectura, de nuestro colega Santiago Castellanos,12 que ha analizado de modo esclarecedor la relación entre la histeria rígida y la clínica del dolor.

mafeba@mafeba.es

 

Notas:

  1. Miller, J.-A., “La imagen del cuerpo en psicoanálisis”, Introducción a la clínica lacaniana. Conferencias en España. ELP-RBA, Barcelona, 2006, p. 387.

  2. Lacan, J., El Seminario, libro 23, El Sinthome (texto establecido por Jacques-Alain Miller). Paidós, Buenos Aires, 2006, pp. 48-49.

  3. Ibid., p. 48.

  4. Ibid., p. 64.

  5. Ibid., p. 63.

  6. Ibid.

  7. Lacan, J., El Seminario, libro 14, La lógica del fantasma (texto establecido por Jacques-Alain Miller). Paidós, Buenos Aires, 2023, p. 277.

  8. Lacan, J., El Seminario, libro 23, El Sinthome. Op. Cit., p. 104.

  9. Laurent, É., “Una reconsideración al reverso de los Estudios sobre la histeria”, El Psicoanálisis 40, 2022, p. 86.

  10. Lacan, J., El Seminario, libro 23, El Sinthome. Op. Cit., p. 104.

  11. Laurent, É. Op. Cit., p. 86.

  12. Castellanos, S., La experiencia del dolor y los lenguajes del cuerpo. ELP-RBA, Barcelona, 2025. Especialmente recomendable, en relación a este tema, el apartado 5 de la tercera parte (pp.189-198) titulado “Histeria rígida y el cuerpo del dolor”.

 

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