Mentalidad
Vicente Palomera
¿A qué se debe que nosotros no percibamos que las palabras de las que dependemos nos son, de alguna manera, impuestas? ¿Por qué no sentimos que la palabra es un parásito, la forma de cáncer que aqueja al ser humano? ¿Por qué esa coacción de la palabra no la captan todos? ¿A qué se debe que haya quienes llegan a sentirlo? Estas son preguntas que Lacan busca esclarecer, en 1976,1 prosiguiendo el camino abierto en el Seminario III sobre esa articulación que organiza las acciones humanas como acciones habladas.2
¿Qué es sentirse con un cuerpo? ¿Ese sentimiento depende solo de la imagen especular que nos hace creer tener un cuerpo? En los años 40, en Acerca de la causalidad psíquica, Lacan indica: “el sujeto se identifica en su sentimiento de Sí con la imagen del otro y la imagen del otro viene a cautivar en él este sentimiento”.3 ¿O bien, este “tener un cuerpo” proviene de un otro imaginario que es el que da consistencia al cuerpo y por ello al afecto?
En 1958, Lacan habla del “desorden provocado en la juntura más íntima del sentimiento de la vida en el sujeto”.4 El desorden que Lacan menciona se sitúa en la forma en que se siente el mundo que nos rodea, la forma en la que se siente el cuerpo y la imagen confusa que tenemos de él, pero esta imagen confusa implica afectos. Lacan lo subraya precisamente al hablar de James Joyce, cuando señala que el cuerpo y la imagen están disyuntos y que el cuerpo “no pide más que irse, desprenderse como una cáscara”.5
Sabemos de la importancia que Lacan da a la metáfora que emplea Joyce cuando habla de su relación con el cuerpo como un objeto ajeno, extranjero, donde es imposible asegurar el posesivo (decir su cuerpo). Lacan declara que “esta forma de dejar caer el cuerpo propio es algo sospechoso para un analista”.
Lacan sitúa la caída del afecto de cólera como una despersonalización, como un efecto de la caída del cuerpo. En el curso de Miller, sobre Piezas sueltas, Eric Laurent recuerda que, “en el Seminario 17, Lacan considera que el pensamiento es afecto, pero en el Seminario El sinthome se trata más exactamente de la pérdida de un afecto. En Joyce vemos cómo el afecto de cólera se cae y en ese momento su cuerpo se separa. A partir del afecto ya no tiene pensamiento. No es que el pensamiento sea afecto, sino que la pérdida del afecto provoca una ruptura con el sentimiento de pensar. Tenemos un pequeño efecto de despersonalización, de fin del pensamiento, a partir de la pérdida del cuerpo […] El afecto es pensamiento, es pensamiento del cuerpo. Por eso, separarse del afecto, como lo experimenta Joyce, pone en tela de juicio toda idea cognitiva de la emoción, ya que allí tenemos una suerte de experiencia subjetiva que muestra cómo en un momento dado puede perderse toda posibilidad de identificar los afectos. Estos se van, se caen.”6
Es a raíz de una presentación de enfermos7 que Lacan comenta una forma particular de desorden en el sentimiento de la vida en el caso de una mujer, la Sra. Boyer, en quien no ha llegado a cristalizar un ego, donde lo imaginario está desprovisto de un ego. Esta mujer no tenía la menor idea del cuerpo que tenía que poner bajo el vestido, parecía flotar como un corcho a la deriva, sumergida en un mundo de “falsos semblantes, rodeada de falsos enfermos, falsos dosieres y falsos doctores”, donde “todo es un juego, una técnica para hacer tomar conciencia a la gente de lo que eran en relación a los otros”.
La desesperanza narcisista de la Sra. Boyer la lleva a nombrarse mediante una extraña frase: “Soy interina de mí misma”. Su relato parece la crónica de una inexistencia: “Tengo asuntos por todas partes, pero, no consigo saber en qué sitio, qué hay en cada sitio”. Un día vio en el hospital a una chica que llevaba su chaleco y declara que ella le quita su identidad. Dirá, entre otras cosas: “querría vivir suspendida…, como una ropa suspendida…como un vestido […] Yo soy un poco un teatro de marionetas, […] me gustaría manejar los hilos […] representar la vida de todos los días, habría querido representar la blusa que una plancha”. Ella es “hábito vacío, un andrajo, el trapo que se pasa y que envuelve lo que pasa.”
Al terminar la presentación, Lacan comenta:
“No hay nadie que deslice ahí para habitar el vestido. Ella es este trapo. Ilustra lo que yo llamo semblante. […] Solo tiene relaciones existentes con los vestidos. […] Kraepelin aisló estos curiosos cuadros. Se puede llamar a esto una parafrenia […] imaginativa?”
Con las indicaciones de Lacan, Miller señala este caso como una "enfermedad de la mentalidad":
“A diferencia de Joyce, la Sra. Boyer deja caer su mentalidad, su “amor propio”, no logra anudar lo imaginario (I) con lo real (R) y lo simbólico (S) por medio de un ego de suplencia”.
¿Qué entendemos por “mentalidad”? En el Seminario 23, Lacan declara: “mentalidad, es decir, amor propio”8 y, a continuación, precisa que "el parlêtre adora su cuerpo porque cree que lo tiene […] en realidad, no lo tiene, pero su cuerpo es su única consistencia, consistencia mental, por supuesto […]”.9
Por un lado, el cuerpo es la única consistencia del parlêtre y, por otro, que hablar de enfermedad de la mentalidad implica referirse a alguien que no puede mentir, que carece de amor propio, alguien sin consistencia.
Habíamos empezado hablando del afecto y, ahora, esta interrogación nos lleva a la paradoja de la caída del afecto, la falta de amor propio y la ausencia de agresividad en Joyce y en la Sra. Boyer. Se podría decir que cuando el cáncer de la palabra arrecia y afecta directamente a un sujeto entonces encontramos que el afecto falta a la cita.
Lo mental de lo imaginario está siempre condicionado por la percepción de esa unidad fundamental que Lacan ilustra con el estadio del espejo, la forma del semejante, verdadera “alma especular” siempre transitada por una tensión esencial i’(a)––> i(a).10
Decir, por tanto, “tenemos un cuerpo, no lo somos” nos lleva al verbo tener ligado a la mentalidad, al “amor propio” como consistencia mental. No se trata sólo del organismo que "a cada rato levanta campamento" aunque subsista milagrosamente hasta el final, “durante el tiempo de su consumación”11, se trata de la pérdida del afecto pero subrayando que el afecto es pensamiento del cuerpo. Por eso separarse del afecto, como lo experimenta Joyce, pone en tela de juicio –como dijimos más arriba– cualquier idea cognitiva de emoción. En efecto, la experiencia subjetiva de Joyce nos muestra cómo, en un momento dado, se puede perder toda posibilidad de identificar los afectos.
Esta es la razón que lleva a Lacan a hablar del cuerpo que el sujeto “cuida y que goza”. Si antes Lacan decía que el pensamiento es afecto, ahora señala que el afecto es pensamiento…del cuerpo: “el cuerpo no se evapora y, en este sentido, es consistente […] Cosa que resulta antipática a la mentalidad, porque esta cree tener un cuerpo para adorar. Esta es la raíz de lo imaginario.”12 Lacan es muy explícito: Es muy explícito al elegir los términos: “Je le panse, donc je l’essuie” [“lo cuido, luego lo sudo”].13Por tanto, no es el pensamiento del "pienso, luego existo" lo que está primero, sino el goce del cuerpo (del vientre, de la panza). En la expresión "je la panse" se oye bien que yo lo cuido, pero, sobre todo, Lacan añade: “lo hago panza” [“je le fais panse”], lo que no deja lugar a dudas sobre el hecho del goce del cuerpo.
La mentalidad consiste en adorar el propio cuerpo:
"La única relación que el parlêtre tiene con su cuerpo”.14 La relación cuya inexistencia Lacan formula en el plano sexual (“no hay relación sexual”), sí la encuentra en el plano corporal. Joyce sirve de ejemplo para afirmar: “hay una relación corporal”.
Esta adoración del propio cuerpo que no pasa por el Otro del significante introduce una nueva relación con el cuerpo. Por tanto, es fácil comprender que el término "enfermedad de la mentalidad" indica una ausencia de esta relación de adoración del parlêtre al propio cuerpo. Es lo que se presenta en la psicosis ordinaria bajo la forma de desajuste, a saber, “esta brecha en la que el cuerpo se deshace y donde el sujeto es inducido a inventarse vínculos artificiales para apropiarse de nuevo de su cuerpo”.15
La Sra. Boyer nos da el paradigma al querer ser una envoltura que pudiera sustituir la falla de esta relación, metaforizando el cuerpo por el vestido, pero fracasa. Así, la enfermedad de la mentalidad es aquella en la que el cuerpo imaginario se desvanece, sin el apoyo de la dimensión de la palabra.
Notas:
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Lacan, J., El Seminario, libro 23, El sinthome (texto establecido por Jacques-Alain Miller). Paidós, Buenos Aires, 2009, p. 93. ↑
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Lacan, J., El Seminario, libro 3, Las psicosis (texto establecido por Jacques-Alain Miller). Paidós, Barcelona, 1984, p. 164. ↑
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Lacan, J., “Acerca de la causalidad psíquica”, Escritos 1. Siglo XXI, México, p. 171. (Las cursivas son del autor del texto). ↑
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Lacan, J., “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, Escritos 2. Siglo XXI, México, p. 540. (Las cursivas son del autor del texto). ↑
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Lacan, J., El Seminario, libro 23, El sinthome. Op. cit., p. 147. ↑
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Miller, J.-A., “La naturaleza y lo real”, Piezas sueltas. Paidós, Buenos Aires, p. 386-387. ↑
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Miller, J.-A., “Presentación de la señorita Boyer”, Lacan Redivivus. Paidós, Buenos Aires, 2025, p. 117-135. ↑
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Lacan, J., El seminario, libro 23, El sinthome. Op. cit. p. 64. ↑
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Ibid. ↑
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Miller, J.-A., “Conferencia de clausura. Pipol 5”, El psicoanálisis 20, 2011, p. 14. ↑
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Lacan, J., El Seminario, libro 23. El sinthome, Op. cit., p. 64. ↑
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Ibid. ↑
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Ibid. ↑
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Ibid. ↑
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Miller, J.-A., “Efecto de retorno sobre la psicosis ordinaria”. Freudiana, 58, Barcelona, 2010, p. 19. ↑
