Racismo del goce
Miquel Bassols
En el extravío de nuestro goce, solo el Otro lo sitúa, pero es en la medida en que estamos separados de él. De ahí unos fantasmas, inéditos cuando no nos mezclábamos. Dejar a ese Otro en su modo de goce es lo que solo podría hacerse si no le impusiéramos el nuestro, si no lo considerásemos un subdesarrollado. Y puesto que se añade ahí la precariedad de nuestro modo –que desde ahora solo se sitúa por el plus-de-gozar, que incluso ya no se enuncia de ningún otro modo–, ¿cómo esperar que prosiga aquella humanitariería [humanitairie] de cumplido con la que se revestían nuestras exacciones?1
Una política del síntoma con respecto a la actualidad del racismo debería orientarse con esta respuesta que Jacques Lacan dio en 1973 a Jacques-Alain Miller. La pregunta se refería a la indicación que había hecho en los años 60, tan proclives a los ideales humanistas, acerca del ascenso imparable que cabía esperar del racismo y de las diversas formas de segregación vinculadas a él.
El punto de partida de la respuesta de Lacan fue lo que designó como “el extravío de nuestro goce”. ¿Habrá que insistir hoy todavía? La variedad de adicciones que se alimentan de ese extravío no podría entenderse sin el combustible que alimenta esta maquinaria infernal, la pulsión de muerte, como la llamó Freud, realimentada de manera constante por el imperativo del superyó: ¡Goza, goza siempre un poco más!
El imperativo del superyó no dice, sin embargo, de qué hay que gozar, dónde hay que encontrar ese plus-de-gozar. Y esta es ya una primera razón del extravío. Hay, sin embargo, un primer anzuelo en la historia de cada sujeto: la imagen especular, ideal, del propio cuerpo, del cuerpo del Otro, en la fascinación que produce su captura imaginaria. La anorexia y los llamados trastornos de la imagen corporal siguen hoy, de manera creciente, los efectos de esta fascinación.
La fascinación del cuerpo del Otro, pero también del propio cuerpo como Otro, es entonces la primera brújula de la que dispone el sujeto para situar las formas de gozar. Pero del Otro del goce, de la alteridad del goce como tal, estamos necesariamente separados. Es un Otro radical, tan radicalmente Otro que llega a parecernos inhumano. Todo ello cristaliza en fantasmas que nos parecen absolutamente originales hasta que nos mezclamos en aquello que ahora se llama “multiculturalidad”. Lo cual quiere decir: la forma de gozar del otro me parece extraña solo según mi propio fantasma.
De este goce y de este Otro, mejor sería admitir entonces que no quiero saber nada, como tampoco del goce que habita en mi propio cuerpo.
Entonces, ¿qué debo hacer ante el goce del Otro, tan extraño y familiar al mismo tiempo cuando reconozco en él aquello que no quería saber del mío? “Dejar a ese Otro en su forma de goce…”, como indica Lacan, sería una respuesta: dejarlo en su propia forma de gozar y que él me deje en la mía, cada uno en su tonel como un par de Diógenes, cada uno en el cinismo de su goce. De hecho, fue la advertencia de Claude Lévi-Strauss que alarmó en aquel tiempo a la UNESCO con dos intervenciones que marcaron una época: mejor la separación de culturas antes que los ideales vaporosos de la multiculturalidad, siempre destinados a segregar aún más el goce del Otro.
Llega así el momento en que nuestra forma de gozar se nos muestra tan a la deriva como cualquier otra. Considerar la forma de gozar del otro como subdesarrollada para imponerle la nuestra es, entonces, una manera de mantener más secreta la causa de nuestras propias exacciones. El término exaction tiene en francés varias connotaciones. Incluye el sentido de exigir, generalmente por la fuerza, el pago de algo que en realidad no es una deuda, o el pago de un plus más allá de lo que es debido. De ahí que una exacción sea también un maltrato, un acto de violencia en sus variadas formas.
Digamos entonces que consideramos al otro como subdesarrollado en su forma de gozar, una forma de vivir inferior a la nuestra, para exigirle que pague por nuestra manera de gozar y así ocultar nuestras propias exacciones, las de esa forma de gozar. Y aquí comienza el racismo como fenómeno de masas. Es algo que no puede arreglar ninguna buena pedagogía ni ningún humanismo por muy bien entendido que se crea. El fantasma del goce del Otro es el límite de las mejores intenciones pedagógicas y humanitarias. Al fracaso del principio del placer descubierto por Freud hay que añadir ahora el fracaso del principio del goce del Otro, todavía más punzante.
Máquina infernal, en efecto, que deja al sujeto de nuestro tiempo en una precariedad con respecto al goce del cuerpo. Se añade ahora un hecho incontestable: nuestra forma de gozar es tan precaria que ya no puede reciclar sus propios restos. La civilización, subrayaba ya Lacan en aquella misma época, es l’égout, la alcantarilla que suena como le goût, el gusto, ya sea bueno o malo. Fue, en efecto, con la alcantarilla romana como empezaron a reciclarse los restos de las formas de gozar del cuerpo. Hoy la alcantarilla de la civilización nos devuelve sus restos en forma de objetos segregados, ellos mismos extraviados.
Lacan desarrolló las consecuencias de esta paradoja: si a cada uno le corresponde su forma de gozar, a cada uno le corresponde también su síntoma, su propia manera de extraviarse en el goce. Ante este extravío, los ideales del humanismo se han quedado inevitablemente cortos. Es la “humanitarería”, neologismo lacaniano, reducida finalmente a justificar nuestra manera de gozar para no querer saber nada de ella, no menos que de la del Otro.
Pero es precisamente en nombre de este ideal humanitario que solemos imponer también nuestra forma de gozar al Otro, lo quiera o no. Para salvarlo, por supuesto, pero ¿para salvarlo de qué? ¿Para hacerlo igualmente siervo de nuestra maquinaria de goce? Cuidado entonces con el humanitarismo. Puede ser solo una forma de revestir con un buen ideal la exacción de nuestra forma de gozar, imponiéndola a los otros.
La historia de las religiones es el mejor ejemplo de este malentendido estructural entre formas de gozar. La adoración de la imagen del Otro es, en muchas de ellas, un reverso de la segregación del goce. Así, por lo que respecta al goce, podemos considerarnos siempre algo religiosos. O dicho a la manera freudiana: la religión no es más que una forma colectiva de la neurosis individual. Tantas como formas de racismo en nombre del Bien, supremo o no.
Notas:
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Lacan, J., “Televisión”, Otros Escritos. Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 560. ↑
