Saber hacer

Foto Nesu Carbonell

Neus Carbonell

Un análisis comienza cuando el malestar —o el trastorno, en los términos de las terapias actuales— adquiere el valor de síntoma analítico. Es decir, cuando el paciente descubre que está implicado en aquello mismo que le resulta insoportable. Advierte que hay un saber que le falta sobre aquello de lo que se queja: desconoce tanto el sentido de su sufrimiento como el modo en que él mismo participa en él. Solo entonces puede comenzar a devenir analizante. Este momento no coincide necesariamente con la demanda inicial, ni siquiera con la formulación explícita del malestar.

Para el psicoanálisis, el síntoma tiene un estatuto muy preciso. En su última enseñanza, Lacan lo reduce a la manifestación de un modo singular de gozar; más precisamente, de gozar del inconsciente. Por ello, el síntoma no constituye un simple obstáculo que deba eliminarse, sino el punto mismo alrededor del cual se organiza la existencia del parlêtre. En consecuencia, el mejor destino que puede alcanzarse respecto del síntoma consiste en adquirir un cierto saber hacer con él. De manera muy sintética, podríamos decir que se trata de aprender a arreglárselas con el propio goce. Ese saber hacer vuelve más habitable la relación del parlêtre con lo real y atenúa la incidencia de la pulsión de muerte inherente al hecho mismo de hablar. Quien logra una relación menos mortificante con su propio goce está también en mejores condiciones de sostener una relación menos mortificante con el goce del vecino. Existe, por tanto, una dimensión del saber hacer con el síntoma que incide directamente sobre el lazo social, un vínculo desde luego siempre sintomático.

El dispositivo analítico se inaugura bajo transferencia, allí donde el Sujeto supuesto Saber anuda, desde el comienzo, el saber y el síntoma. Sin embargo, un análisis conduce progresivamente hasta ese límite en que el decir encuentra lo imposible. Ese imposible remite al real que Lacan condensó en su célebre aforismo: no hay relación sexual. Dicho en términos freudianos, esto significa que no existe la pulsión sexual total; toda satisfacción pulsional es necesariamente sustitutiva. En consecuencia, el goce se presenta bajo la forma del síntoma precisamente porque falta el goce que correspondería a la relación sexual. El goce es, en este sentido, una repetición sustitutiva de un goce sin original, razón por la cual siempre resulta inadecuado y fallido. El sujeto solo consigue arreglárselas con él, de manera más o menos satisfactoria, mediante un buen síntoma.

La ilusión de que podría existir un "buen goce", un goce plenamente adecuado o proporcionado, sostiene la creencia de que habría una relación sexual que podría escribirse en términos lógicos. Ahora bien, precisamente porque esa relación no existe, el encuentro entre los sexos solo puede producirse de manera sintomática. Tal como Jacques-Alain Miller lo desarrolló en su curso El partenaire-síntoma, el verdadero partenaire del sujeto es su síntoma, y solo a través de él puede encontrarse con otro partenaire-síntoma.1

En la última enseñanza de Lacan, la inexistencia de la relación sexual constituye la orientación fundamental de toda la experiencia analítica, desde su comienzo hasta su final. El recorrido del análisis conduce al analizante a situarse de un modo nuevo frente a ese imposible lógico y, correlativamente, a reconocer el límite de la verdad respecto del goce. Si el análisis comienza con el desciframiento del síntoma, es decir, con la producción de efectos de verdad y con el atravesamiento de ciertas ficciones fundamentales, su final pone de manifiesto que la verdad nunca alcanza a decirlo todo sobre el goce. Permanece siempre un núcleo irreductible de sinsentido que escapa a toda significación. Paradójicamente, es precisamente la reducción de aquello que el sujeto vivía como insoportable lo que hace posible alcanzar ese límite.

El saber implicado en el saber hacer con el síntoma no es, por tanto, un saber totalizador ni un “conocerse a uno mismo”. Se trata, más bien, de un saber del bricolaje: un saber práctico, inventivo y siempre singular, que permite encontrar una solución inédita para aquello que constituye la cifra irreductible del modo de gozar de cada sujeto.

Síntoma y cuerpo

En el Seminario 24, Lacan relaciona el síntoma con el cuerpo en tanto imagen y sostiene que la manera en que cada sujeto habita su cuerpo depende de la forma singular de saber arreglárselas con su síntoma. Lo formula de este modo: “Conocer su síntoma quiere decir saber hacer con, saber desembrollarlo, manipularlo. Lo que el hombre sabe hacer con su imagen corresponde, por algún lado, a esto, y permite imaginar la manera en la cual se desenvuelve con el síntoma.”2 Se trata de una indicación clínica de gran precisión.

En primer lugar, hace falta un síntoma, es decir, el anudamiento de los tres registros (RSI), para que un cuerpo pueda sostenerse como tal. La prueba más evidente la encontramos en los fenómenos de desanudamiento del cuerpo que aparecen en la psicosis y, en su forma más extrema, en el autismo kanneriano, donde el sujeto presenta profundas dificultades para apropiarse del cuerpo como lugar de la experiencia y de la vida.

Pero Lacan va todavía más lejos. No solo es necesario un síntoma para tener un cuerpo, sino que el modo en que cada uno tiene su cuerpo depende de la singularidad de ese síntoma. La experiencia analítica confirma esta tesis: a medida que el analizante aprende a desembrollarse mejor con su síntoma, también se transforma su relación con la imagen del cuerpo. Esta observación resulta especialmente pertinente en una civilización marcada por la hipertrofia de la imagen corporal. La presión por responder a determinados ideales de imagen produce con frecuencia una intensa angustia.

Lacan sitúa este fenómeno del lado del narcisismo en la medida en que el sujeto queda atrapado en la consistencia de su propia imagen. Se trata de un fenómeno característico de nuestra civilización. Frente a ello, el psicoanálisis responde fiel a su política: la política del síntoma. En lugar de proponer nuevas identificaciones o nuevos ideales, orienta al sujeto hacia un saber hacer con aquello que constituye su modo singular de sostener el cuerpo y de habitar el goce.

Para concluir, hagamos un elogio del síntoma. En efecto, no se trata de la ilusión de eliminar los síntomas que hacen sufrir al ser que habla—como proponen algunas ideologías contemporáneas—sino de encontrar la manera de hacer con él. Porque el síntoma no es un accidente de la vida del parlêtre, sino la forma misma en que esta se anuda al goce.

neus_carbonell@hotmail.com

 

Notas:

  1. Miller, J.-A., El partanaire-síntoma, Buenos Aires, Paidós, 2008. Véase capítulo XII, “Teoría de las parejas” pp. 253-276.

  2. Lacan, J., El Seminario, libro 24, L'insu que sait de l' une-bévue s 'aile a mourre. Lección del 16 de noviembre de 1976. Inédito.

 

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