El desafío trans

En el argumento de los ejes, Eugenia Insua, nos invita a pensar cómo la metamorfosis de la pubertad sorprende al sujeto haciéndolo encontrarse a sí mismo con un cuerpo Otro donde las marcas, las inscripciones que sobre el propio cuerpo dejó el encuentro con la lengua, los modos de goce y la relación al Otro van a tener su función. Como señala Daniel Roy, citando a Lacan, lo importante es cómo dar cuenta, con el cuerpo que se tiene, de que haya hombres y mujeres.

Este cuerpo “que se tiene” se despliega en tres dimensiones: en lo simbólico, con esta nominación/distinción recibida del otro (niño o niña); en lo imaginario, es decir, el cuerpo en su imagen encarnada, con el alarde y la mascarada; en lo real del cuerpo atravesado por las pulsiones parciales que delimitan zonas de goce. Desde la infancia, se trataría de arreglárselas con esta falla de nacimiento que constituye el hecho de ser sexuado de acuerdo a dos modalidades. Se trata de la falla entre los semblantes mediante los cuales nos identificamos y el goce Uno, que es la sustancia del cuerpo hablante.

Lo que Lacan designaría como sexuación sería la concreción que se forma en torno a esta falla que mantiene anudados el cuerpo y los discursos en los que el sujeto está capturado. La sexuación se elaboraría en un espacio secreto al que responde el inconsciente designando un lugar en el que funciona un saber no sabido por el propio sujeto y que produce un agujero. Así, “la sexuación no debe entenderse como un momento del desarrollo del niño, sino que se afirma con Lacan como el movimiento mismo por el cual el cuerpo hablante se vuelve ser sexuado”.1

Marca y lugar

Esta dimensión específica del ser hablante que es la sexuación implica, por un lado, cómo se inscribe esta marca y, por el otro, cómo recibe el sujeto este descubrimiento o cómo se hace un lugar allí. Hélène Bonnaud nos aclara que para Lacan, contrariamente a Freud, la anatomía no da la respuesta a la pregunta sobre el sexo y proporciona una fórmula reveladora: “el ser sexuado solo se autoriza de sí mismo y de algunos otros”.2 Ésta permite abrir la pregunta sobre lo que está en juego, en la adolescencia, para que pueda operarse, que puede diferir de la distinción sexuada de inicio. En esa línea, nuestra época vuelve más compleja la pregunta por la sexuación pluralizando los significantes que intentan nombrar el modo en que el goce viste al ser sexuado de algunos. Y como el cuerpo está afectado por la palabra, impacta en los adolescentes más sensibles a discursos como el movimiento LGBTQ+, que ofrece un lugar de reivindicación y de reconocimiento de cada singularidad que puede seducir y llamar a algunos a albergar allí su incertidumbre subjetiva en cuanto a sus preferencias sexuales o su asignación de género.

La sexuación y lo trans

Araceli Fuentes nos ayuda a poner luz en este tema, señalando que la sexuación es una experiencia enigmática, solitaria. La elección del sexo atañe a las dos modalidades en las que el goce sexual se presenta: la del goce todo fálico y la del goce no-todo fálico. Dicha elección, como ya se ha mencionado, no la hace el sujeto, la hace el cuerpo en su encuentro contingente con la sexualidad en la infancia. El margen de elección que le queda al sujeto respecto a la respuesta del goce que da el cuerpo, es la de aceptarla, rechazarla, entusiasmarse con ella…3

O como dice François Ansermet: “frente a la diferencia de los sexos, no localizable, le toca a cada uno inventar su solución, valerse de sus recursos improvisados”.4

Lo que caracteriza al transexual es la certeza de haber nacido con una falsa anatomía. Está convencido de no ser del sexo que su anatomía le atribuye. Esta certeza se presenta como absoluta. De ahí se deduce la elección que aparece en el registro de la certeza. Se trata de una elección inquebrantable sostenida en esa extraña certeza, una certeza que se impone, inexplicable, sin otra razón que ella misma; una certeza sin exterioridad.

¿Se trataría entonces de detener la metamorfosis que la pubertad pone en juego para escapar a su determinación fisiológica? Desde este abordaje se mantendría una identidad prepuberal en espera de lo que más tarde habrá de realizarse mediante una nueva asignación de identidad modelando ese cuerpo en función de la posición del sujeto. Pero Ansermet es claro, la identidad no aporta la solución en lo que hace a la sexualidad.

Desde el psicoanálisis, que reporta a la experiencia de la singularidad, se posibilitaría que el sujeto trans ponga sus elecciones a prueba de aquello que se juegue en ellas sin que lo sepa, introduciendo un cuestionamiento en el lugar de la certeza, problematizando los aspectos desconocidos de su determinación, favoreciendo que cada sujeto invente su propia solución.

dianaetxeberriap@gmail.com

 

Notas:

  1. Roy, D., “El niño en el discurso sexual”, La sexuación en la infancia. Paidós, Buenos Aires, 2022, pp. 37-38. ↑

  2. Bonnaud, H., “El género, eso no ex-siste”, La sexuación en la infancia, Paidós, Buenos Aires, 2022, p. 46. ↑

  3. Fuentes, A., “¿Cómo hacer con lo real del sexo?”, Delicadas transiciones, un debate sobre la cuestión trans. Colección de la ELP, Barcelona, 2025, p. 267. ↑

  4. Ansermet, F., “Elegir el propio sexo: usos contemporáneos de la diferencia sexual”, Virtualia 29, noviembre 2014. ↑

 

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