«No piensan que…

«No piensan que las pulsiones son el eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir. Para que resuene este decir, para que consuene […] es preciso que el cuerpo sea sensible a ello. De hecho lo es.»

Lacan, J., El Seminario, libro 23, El sinthome (texto establecido por Jacques-Alain Miller). Paidós, Buenos Aires, 2008, p. 18.

 

¿Qué clase de cuerpo hace falta para que un decir pueda hacer eco en él?

Hay un cuerpo que puede pesarse, medirse, radiografiarse. Hay un cuerpo político, atravesado por discursos, normas y violencias que a través de la historia ha visto distribuidas de manera desigual sus posibilidades de existencia. Estos cuerpos no desaparecen cuando entra en escena el psicoanálisis, sin embargo, estas dimensiones tampoco serán suficientes para explicarlo.

Decir que “las pulsiones son el eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir” introduce a las concepciones que se tenían del cuerpo una torsión. El lenguaje deja de ser estrictamente aquello mediante lo cual se representa el mundo o se comunica algo. Las palabras hacen cosas: tocan, agujerean, producen bordes. Hay palabras que se olvidan y otras que permanecen adheridas al cuerpo incluso mucho después de haber perdido el sentido que alguna vez tuvieron. El cuerpo del ser hablante lleva esas marcas.

Quizás por eso pueda pensarse también como una escritura. Está claro que sobre la piel no hay un texto secreto esperando a que un analista encuentre la clave correcta para su desciframiento. Tampoco se trata de que cada acontecimiento corporal pueda traducirse retrospectivamente a un enunciado que explique su causa. Si hay escritura, no funciona como un código. La letra interesa justamente allí donde deja de garantizar el sentido, interesa como trazo, como inscripción.

En El Sinthome, Lacan empuja esta cuestión hacia la materialidad. La escritura, dirá, “viene de otra parte que del significante”. Es decir que no se trata solamente de aquello que el significante quiere decir, sino de aquello que produce al tocar un cuerpo. Una palabra puede perderse como significado y permanecer como marca. El acontecimiento de cuerpo es el encuentro contingente entre lalengua y una carne que resultó particularmente sensible a ella.

Un organismo está vivo, pero tener un cuerpo es otra cosa. Lacan llega a decir que el parlêtre adora su cuerpo porque cree que lo tiene. Al cuerpo lo imaginamos propio, lo vestimos, lo ofrecemos a la mirada y lo miramos, lo dibujamos, lo gozamos. No obstante, algunas veces puede resultar profundamente extraño, puede doler donde ningún daño orgánico es capaz de explicar el dolor, puede insistir allí donde querríamos que callara e incluso contradecir aquello que decimos querer.

El cuerpo contemporáneo está cubierto de nombres: hombre, mujer, trans, cis, no binario, sano, enfermo, obeso, discapacitado, bello, fértil. Las categorías permiten reconocimiento, derechos y formas de existencia colectiva, su dimensión política no puede ser despreciada. Ningún nombre, sin embargo, consigue absorber completamente la experiencia de un cuerpo, siempre queda algo incapaz de entrar en la nominación.

Es allí donde la clínica psicoanalítica tiene algo específico que escuchar. Frente a las identidades sexo-genéricas no le interesa diagnosticar, mucho menos establecer normativamente cuál debería ser la relación correcta de alguien con su cuerpo. Pero tampoco disputar la legitimidad política de los nombres con los que una persona decide presentarse ante los otros. La pregunta se dirige a un lugar distinto: qué hace ese nombre en ese cuerpo, cómo resuena, qué anuda, qué permite y qué resto deja.

Si el cuerpo es también una escritura, no habrá identidad que consiga escribirlo por completo. El psicoanálisis tampoco puede hacerlo, no existe una última lectura que revele qué es ese cuerpo. Tal vez la singularidad pueda verse en el modo irrepetible en que cada ser hablante hace algo con las marcas que recibió, con aquellas que inventó y con esos restos que ninguna palabra consigue terminar de escribir.

lencina.romina@gmail.com

 

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