Todavía habitamos un cuerpo
León XIV en su primera encíclica Magnifica humanitas critica, refiriéndose a la Inteligencia Artificial (IA): “la ilusión de una tecnología que promete liberarnos de toda fragilidad”. La ideología que subyace a esta ilusión es el transhumanismo que aspira a prescindir del cuerpo, resto biológico obsoleto, para sustituirlo por prótesis biotecnológicas.
Arthur Clarke, autor de 2001: Una odisea del espacio, tituló una de sus primeras novelas (1953) El fin de la infancia. Recién finalizada la segunda guerra mundial y en el inicio de los golden years, imaginó allí una utopía: la desaparición de la humanidad a causa del hiperdesarrollo mental de los niños que, finalmente, dejarían de tener cuerpo para devenir entidades psi: las supermentes.
Hoy, 70 años más tarde, el transhumanismo anhela el día en el que el actual Homo Sapiens sea sustituido por un modelo más inteligente y en mejores condiciones. Una de las tres causas señaladas por Freud en El malestar en la cultura quedará así eliminada: la enfermedad, el dolor, el envejecimiento, la muerte. Ray Kurzweil, antiguo director de Ingeniería en Google, está convencido que nos estamos acercando a lo que llama la «singularidad»1 y no tiene ninguna duda de que el futuro le pertenece a la IA y que la única opción que nos queda a los humanos, para sobrevivir, es acogerla y volvernos nosotros mismos en parte o completamente artificiales. Eso sucederá cuando el desarrollo de la IA y de las tecnologías NBIC (nanotecnología, biotecnología, tecnología de la información y ciencia cognitiva) alcance tal nivel de sofisticación que se produzca una fusión entre la tecnología y la inteligencia humana, dando lugar a una especie de ser natural-artificial de “potencialidades aún inimaginables”.2
Una de sus principales falacias es la supuesta equivalencia sensorial, reducción del parlêtre a sus sensaciones, a partir de las cuales construir una nueva subjetividad algorítmica —programada a la carta— que sueña con prescindir del cuerpo reducido a un organismo sensitivo. Si no es posible —como dice Santiago Alba Rico— hacer inmortales los cuerpos, sí es posible, al menos culturalmente, alcanzar la inmortalidad sin ellos: “basta intercambiar imágenes en vez de saliva.”3
Este delirio que pretende borrar lo real no es sin paradojas ya que lo que sacan por la puerta (el cuerpo) retorna por la ventana. Su cálculo rápido y preciso requiere extraer el cuerpo vivo que siempre interfiere en el pensamiento. Pensamos con los pies —decía Lacan— porque ignoramos lo que hacemos con el cuerpo.4
Los expertos en IA se lamentan de su falta de sentido común y uno de los principales investigadores españoles, Ramón López de Mántaras, concluía que la vía a seguir implica la adquisición de un modelo del mundo. Y para ello necesita un cuerpo que le permita interactuar con el mundo, un cuerpo multisensorial es crucial para lograr este nivel de comprensión.5 De hecho, algunos gigantes tecnológicos inspirados en la psicología del desarrollo de Piaget ya han comenzado proyectos que apuntan hacia esta IA corpórea. De momento, la IA insiste en su no querer saber nada, desconocimiento yoico que reposa en el hecho de que nuestro cuerpo es un cuerpo extranjero. Nosotros solo atrapamos la imagen que funda el ego.
El arte digital, por su parte, ha logrado algo que la pintura, a pesar de sus infinitos intentos no ha conseguido: reducir la forma humana hasta su más mínima esencia, convirtiéndola en una manifestación abstracta, pero a la vez dotada de toda la corporalidad que puede sugerir un cuerpo en 3D con total capacidad para representar el movimiento humano. Lo que no impide que el cuerpo real “levante el campamento” y nos deje a la intemperie.6
La pandemia ya nos recordó la realidad de tener un cuerpo —no reducible a su avatar digital— vulnerable a elementos externos y a su propia degradación natural. Un cuerpo que es nuestra principal consistencia, afectado por el lenguaje: “La palabra pasa por el cuerpo y de retorno, afecta al cuerpo que es su emisor (…) bajo la forma de fenómenos de resonancias y ecos”.7
El psicoanálisis, advertido de esas ilusiones artificiales, aspira —como señala Laurent— a producir los S1 solos que han marcado el cuerpo, liberando al sujeto de su ingenuidad y perplejidad.8
Notas:
-
Kurzweil, R., La Singularidad está cerca. Lola Books, Berlín, 2019. ↑
-
Baltar, E., “El poshumanismo en la UCI de la realidad. Biología versus ideología”. Telos, 16/10/20. ↑
-
Alba Rico, S., “Contagio y Comunicación”, La maleta de Portbou 42, 2020, pp. 25-29. ↑
-
Lacan, J., “La Tercera”, Intervenciones y textos 2. Manantial, Buenos Aires, 1988, p. 79. ↑
-
López de Mántaras, R., “La consciencia y la inteligencia solo se pueden dar en seres vivos”, El País, 16/4/2025. ↑
-
Lacan, J., El Seminario, libro 23, El sinthome (texto establecido por Jacques-Alain Miller). Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 64. ↑
-
Miller, J.-A., “Habeas corpus”, Scilicet. Las psicosis ordinarias y las otras. Grama, Buenos Aires, 2018, p. 12. ↑
-
Laurent, É., “El pase y sus restos”, Miller, J.-A. y Glaze, A. La práctica del pase en las Escuelas del Campo Freudiano. Grama, Argentina, 2022, pp. 201-214. ↑
