¿Por qué me reconozco en el espejo?

El día en que entendí que reconocerse en el espejo es producto de poder identificarse al otro que vemos en el espejo, porque además ha habido Otro que nos transmitió: “ese eres tú” y que pude apropiarme de ello, me produjo un cierto efecto de chiste.

¡Con toda la importancia que le damos al “ser yo”!

Y resulta que no “soy yo” sin el otro, con el que a la vez establezco la rivalidad consustancia con ser “humanos”: “o él o yo”, y con la suerte de habernos podido apropiar de ello, y de que tanto la rivalidad cómo el júbilo, quedan atemperados por la relación del sujeto al Otro.

Lacan señala en El estadio del espejo como formador de la función del yo [je] tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica: “Este acontecimiento puede producirse […] desde la edad de seis meses y su repetición ha atraído con frecuencia nuestra meditación ante el espectáculo impresionante de un lactante ante el espejo”1.

Este texto —de los primeros textos de Lacan, en 1949— introduce el yo (je) como efecto de una identificación en el sentido pleno del término: “A saber, la transformación producida en el sujeto cuando asume una imagen”, que añadirá, que manifiesta “la matriz simbólica en la que el yo [je] se precipita en una forma primordial, antes de objetivarse en la dialéctica de la identificación con el otro y antes de que el lenguaje le restituya en lo universal su función de sujeto”.

Nos dirá también que este yo-ideal, que así propone designarlo, será también el tronco de las identificaciones secundarias, cuyas funciones de normalización libidinal reconocemos bajo ese término. Y sitúa la instancia del yo en una línea de ficción, irreductible para siempre por el individuo solo.

En Subversión del Sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente Freudiano, texto de 1960, 10 años más tarde, añadirá el Ideal del yo, cómo punto de detención del yo ideal:

“Es esta imagen, yo ideal, la que fija desde el punto en que el sujeto se detiene como ideal del yo. El yo es desde ese momento función de dominio, juego de prestancia, rivalidad constituida”2.Añadiendo: “Este proceso imaginario, que de la imagen especular [i(a)] va a la constitución del yo por el camino de la subjetivación por el significante, está significado en nuestro grafo por el vector i(a)m de sentido único, pero articulado doblemente, una primera vez en cortocircuito sobre S (tachada) I(A), una segunda vez en la vía de regreso sobre As(A)”.3 Lo cual nos dice que es por el Otro como el sujeto se constituye, incluso es del Otro de quien el sujeto recibe el mensaje que emite.

Y retomando mi pregunta: ¿Por qué creo reconocerme en el espejo? ¿Por qué creo tener un cuerpo del que “me apropio”?

No tiene más respuesta que porque “este proceso” que tan claramente nos describe J. Lacan en estos textos, se dio. Y pude apropiarme del mensaje del Otro, así como identificarme a la imagen de mi cuerpo.

Pero, no siempre se da así, y he tenido el gusto de trabajar con sujetos para quien esto no se dio. Mi encuentro con la enseñanza de Lacan me permitió entenderles.

Pude así entender mejor a una niña autista que cuando miraba en el espejo, daba la vuelta al mismo para ver quién había detrás. Y por más que le dijéramos que era ella o su imagen en el espejo, no podía apropiárselo. Incluso que un chico de los llamados autistas inteligentes, cada vez que entraba en un despacho donde había un espejo, saludara educadamente al otro. Aprendí también cómo algunos sujetos que no podían hacerse con su cuerpo podían tener respuestas muy peculiares cuando padecen algún dolor. A veces respuestas agresivas, atribuyendo su dolor a un agente externo.

Y relataré un episodio que no olvidaré: un chico autista, que cuando algo le sucedía se dedicaba a correr. Nos hizo saber que era su modo de “sacudirse de encima” algo que él no podía decirnos. Era un gran “corredor”, y como tal lo admitimos. Hasta un día en que no paraba de correr ni de día ni de noche. En el servicio de urgencias del hospital le indicaron una dosis alta de neurolépticos, sin ningún resultado. Le acompañé al hospital y transmití al jefe de medicina interna, lo que pensábamos los que le conocíamos: “algo tendrá en su cuerpo”. La sorpresa fue que había tenido cálculos renales, que posiblemente le habían ocasionado un cólico nefrítico, complicado con una pielonefritis.

Él trató su dolor, como trataba otros malestares de su cuerpo: “corriendo” intentando “sacudírselo de encima”, pero esta vez el resultado fue que tuvo un desgarro de riñón. Parafraseando a Iván Ruiz, él tenía algo que decir, y esta vez tuve que decirle: “Tienes daño, y tendrás que estar quieto para curarte”.

Hasta para poder tratar el dolor en el cuerpo hace falta hacerse con “tener un cuerpo”.

elenausobiagasayes@gmail.com

 

Notas:

  1. Lacan, J., “El estadio del espejo como formador de la función del yo (je) tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica”, Escritos 1, Siglo XXI, México, 1995, p.86.

  2. Lacan J., Escritos 2. Siglo XXI, México, 2001, p.788.

  3. Ibid., p. 789.

 

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