Hechizada
El cuerpo que atiende el psicoanálisis, y con el que no es fácil orientarse, no es el cuerpo idealizado de una homeostasis perfecta, no puede serlo porque se ocupa de la castración y del goce. J.-A. Miller, tomando las representaciones de la imagen del cuerpo en el arte1, hace un breve recorrido partiendo de las esculturas griegas, particularmente la de los dioses por evocar esa imagen de divina autosuficiencia. Lo hace para destacar que la fascinación que despiertan responde a que son cuerpos sin goce ni castración. Dicho análisis desemboca en el arte abstracto como la puesta en escena del desacuerdo existente entre el significante y el objeto a, destacando que este arte es el esfuerzo de aislar que el goce visual no se reduce al sentido.
Tomar el cuerpo, a la luz del psicoanálisis, no elimina la opacidad que lo envuelve, y plantea de base una división. Por un lado, el cuerpo pulsional que no se presta a dominio; por otro, el cuerpo imaginario. Este, como imagen, nace en el estadio del espejo y se sostiene de algo que no puede pasar a ella, el objeto a; el goce está del lado de este objeto. La relación del sujeto con él será de queja, pero también de desconocimiento. Este cuerpo en su constitución desencadena júbilo, pero a esta fiesta le sigue la discordancia ineliminable entre el cuerpo fragmentado y el cuerpo totalizado de la pasión narcisista.
De la reducción del sentido en el arte abstracto —la revolución del uso del color en Kandinsky, a quien cita Miller— a una nota de color en el caso Dora, la piel blanca de la señora K. ¿Qué cuerpo está al mando en el encuentro entre Dora y el señor K en la escena del lago? Cuando el señor K declara que su mujer no es nada para él, se sienten los efectos. En palabras de Lacan, la hazaña del señor K “recibía su recompensa: una soberbia bofetada, la misma cuyo contragolpe ardiente, experimentará Dora”2; el señor K, acaba de “romper el hechizo”3. Freud no supo ver la clave de este hechizo al confundir lo que verdaderamente está en juego para Dora como objeto de deseo.
Dora, como sujeto histérico, cree que “La otra mujer” posee el saber sobre la feminidad. Estamos en el siglo XIX y no ha llegado el bronceado a la escena del mundo. Fascinada por la blancura de esta mujer, permanece ajena a lo que este encantamiento le plantea, el misterio de su propia feminidad. Lacan designa a este fenómeno “feminidad corporal” y señala, a propósito de la interrupción del tratamiento, que no llegó aceptarse como objeto del deseo ya que faltó la condición de haber “agotado el sentido de lo que busca en la señora K”4. Agotar el sentido de este hechizo, es algo a encontrar en la experiencia de un análisis con Lacan, de haberlo podido emprender, le hubiera permitido a Dora recortar lo que cubre dicha atracción, el No hay relación sexual, dejando al descubierto una zona a explorar que implica el cuerpo del parlêtre.
Lacan separó el goce femenino de los espejismos del ser avanzando sobre el mito freudiano para ir a un más allá de la roca de la castración. Éric Laurent recuerda que, en las fórmulas de la sexuación, Lacan va a partir de la conexión directa femenina con el goce Otro (goce no-todo) y partiendo de este punto, plantea una diferenciación crucial: “La distinción femenina se ejerce con gran fineza en la diferencia entre la forma de los dos cuerpos, el cuerpo narcisista y el cuerpo sustancial”5. Esta diferenciación pone el lugar del síntoma en la histeria, en el cuerpo del sujeto histérico femenino, destacando que es necesario un paso más, el que va del registro del cuerpo histérico, donde el cuerpo habla (la afonía en Dora identificada a la impotencia del padre), al cuerpo femenino propiamente hablando. Este pasaje conduce al síntoma como acontecimiento de cuerpo.
¿Qué cuerpo es este? Este cuerpo propone un goce que está más allá del falo, no se articula con el significante. Laurent define la posición femenina como el “anti-`síntoma histérico´”6. Dora se encuentra embrollada en el cuerpo especular del narcisismo, disponiendo del falo. Su relación con el lado femenino es por la vía del fantasma, siendo que el objeto —la piel blanca de la señora K— resulta el eje central de la articulación entre el cuerpo y el significante. Los síntomas representan el intento fracasado de dibujar una linde imposible del cuerpo femenino, del que ella nada puede decir. Dora no llegó a entregar su saber ya que “para tener acceso a este reconocimiento de su femineidad, le sería necesario realizar esa asunción de su propio cuerpo, a falta de la cual permanece abierta a la fragmentación funcional (para referirnos al aporte teórico del estadio del espejo), que constituye los síntomas de conversión”7.
Si la apuesta es reinventar el psicoanálisis cuando el orden simbólico ya no es lo que era, entonces, abordar por fuera del sentido edípico la clínica que encarnan las Doras del siglo XXI, es una invitación más en el programa de Cuerpos adorados al que da cita las próximas jornadas de la ELP.
Notas:
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Miller, J.-A., Introducción a la Clínica Lacaniana. RBA, Barcelona, 2006, pp. 388-390. ↑
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Lacan, J., “Intervención sobre la transferencia”, Escritos 1. Siglo XXI, México, 2009, p. 218. ↑
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Ibid. ↑
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Ibid., p. 215. ↑
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Laurent, É., “El sujeto de la ciencia y la distinción femenina”, Letras Lacanianas 8, 2014, pp. 21- 22. ↑
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Ibid., p. 22. ↑
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Lacan, J., “Intervención sobre la transferencia”. Op. cit., p. 215. ↑
