Cuando pintar hace cuerpo: saber hacer de Yayoi Kusama

En el Seminario 23, El sinthome, Jacques Lacan descentra el primado del orden simbólico y del Nombre del Padre como únicos ordenadores de la estructura. Al introducir el nudo borromeo de cuatro eslabones, propone el sinthome como una solución singular, allí donde el anudamiento entre Real, Simbólico e Imaginario requiere un cuarto término que venga a sostenerlo. En este horizonte de su última enseñanza, el síntoma ya no se reduce a ser descifrado por el sentido, sino que puede ser abordado en su dimensión de goce, como aquello que itera.

Frente a esta insistencia que no se deja reducir enteramente por la sustitución significante, Lacan interroga el saber hacer. Al respecto, se pregunta: “¿Qué es el saber hacer? Es el arte, el artificio, lo que da al arte del que se es capaz un valor notable, porque no hay Otro del Otro que lleve a cabo el Juicio Final”.1

No se trata, por lo tanto, de un conocimiento intelectual, abstracto o académico, ni de una técnica universal transmisible. El saber hacer es un saber singular, una manera de arreglárselas con aquello que insiste. Como en un bricolaje, se trata de operar con la materia disponible, de inventar un uso allí donde no existe una solución prefabricada.

Una invención singular

Si Joyce permite a Lacan interrogar una escritura que funciona como solución singular allí donde el anudamiento se presenta problemático, la obra de la artista japonesa Yayoi Kusama permite explorar otra vertiente de este saber hacer.

Desde su infancia, Kusama ha relatado experiencias perturbadoras vinculadas a la mirada, al cuerpo y a fenómenos alucinatorios. Ha hablado de alucinaciones visuales y auditivas, de experiencias de despersonalización y de la sensación de que su cuerpo podía disolverse o fragmentarse. En sus propios relatos, estas experiencias aparecen estrechamente ligadas a su práctica artística. La artista ha señalado que realizar su obra le permitió mantenerse con vida.

Sin embargo, no se trata de reducir su producción a una explicación psicopatológica ni de hacer de su biografía la causa de su obra. La cuestión es tomar en serio su invención y preguntarse qué operación realiza con aquello que insiste.

Kusama transformó esas experiencias en una práctica artística sostenida en la repetición, la acumulación y la proliferación de formas. Lo que ella misma ha denominado self-obliteration atraviesa buena parte de su producción: los lunares recubren objetos, habitaciones y cuerpos; las redes se extienden hasta borrar los límites de la superficie sobre la que se inscriben.

Las Infinity Nets, iniciadas en 1959, resultan especialmente interesantes. Una pequeña marca se repite hasta constituir una red que parece prolongarse indefinidamente. El punto no desaparece por ser repetido: cambia de función al entrar en relación con otros puntos. La repetición produce una superficie. Pintar, cubrir, multiplicar, extender, instalar: la repetición se convierte así en una operación.

Allí donde una experiencia pudo presentarse como invasiva, Kusama produjo superficies. Allí donde retornó una marca, la multiplicó. Allí donde el cuerpo parecía perder sus límites, lo cubrió, lo inscribió, lo hizo entrar en una serie.

No se trata de eliminar aquello que insiste, sino de encontrar un modo de arreglárselas con ello.

La invención tampoco se limita al objeto artístico. La decisión de Kusama de residir voluntariamente, desde 1977, en un hospital psiquiátrico cercano a su estudio introduce otra dimensión de su saber hacer: una forma de vida organizada alrededor de su práctica. Hospital y taller, tratamiento y producción, quedan articulados en un dispositivo singular que le permitió sostener un lugar desde el cual continuar haciendo.

La pregunta que introduce el saber hacer no es entonces qué significa una determinada imagen ni qué representa para el sujeto. Es qué uso puede hacer un sujeto de aquello que lo habita. Una misma práctica sobre el cuerpo puede constituir un recurso o convertirse en una exigencia sin límite de alcanzar una imagen finalmente adecuada. La diferencia no se encuentra necesariamente en la práctica misma, sino en el uso singular que puede hacerse de ella.

Kusama pintó lunares y, al hacerlo, construyó una superficie. Repitió una marca y produjo una red. Se borró y, al mismo tiempo, dejó una inscripción. Lo que comenzó como una experiencia íntima encontró un lugar en el mundo y produjo un lazo con otros.

Quizás allí se encuentre la enseñanza del saber hacer: no alcanzar una imagen adecuada, sino inventar un uso para aquello que no se deja resolver. El cuerpo no queda resuelto, la repetición no cesa y el goce no desaparece. Pero algo puede sostenerse.

Cuando hacer con la imagen hace cuerpo, la obra no viene a decir lo que el sujeto es: hace algo con aquello que lo habita.

mariana.valenzuela@gmail.com

 

Notas:

  1. Lacan, J., El Seminario, libro 23, El Sinthome (texto establecido por Jacques-Alain Miller). Paidós, Buenos Aires, 2015, p. 59. ↑

 

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