El cuerpo como simulacro
La evaporación del padre marca una época en la que el cuerpo hablante se encuentra sumergido en la aletosfera digital. Se trata de un nuevo espacio, que fue definido en los ´90 por Baudrillard en referencia al simulacro, indicando que “en este paso a un espacio cuya curvatura ya no es la de lo real, ni la de la verdad, la era de la simulación se abre, pues, con la liquidación de todos los referentes -peor aún: con su resurrección artificial en los sistemas de signos, material más dúctil que el sentido”.1
El cuerpo neurótico se constituye en un anudamiento de extimidad entre sujeto y objeto, entre significante y cuerpo, posibilitado por el fantasma como versión del padre. El padre opera como a-peritivo, introduciendo la dimensión del deseo en un orden simbólico que localiza el falo como soporte del sentimiento de vida. El campo de investigación sobre las psicosis ordinarias introduce la pregunta acerca del estatuto de los cuerpos en la era post-paterna, en estructuras subjetivas que no cuentan con la dimensión del agujero que dicho nombre introduce —ya sea por la vía de su admisión simbólica, ya por la de su forclusión—.
El significante en tanto tal no significa nada, su referencia es un agujero, en el que se produce el sujeto como vacío. Ese agujero, ligado a la represión primaria freudiana, abre el campo del sentido, que opera como un vector en el que un significante se articula con otro, produciéndose efectos de resonancia. Eso es posible porque el agujero del significante transforma el orificio corporal en agujero pulsional, produciéndose un anudamiento entre ambos agujeros.
La inexistencia del Nombre del Padre implica la liquidación de la referencia, produciéndose su resurrección artificial en un sistema de signos. El rechazo del agujero significante impide la localización del agujero pulsional en los orificios corporales, que posibilita una erótica del goce. De allí el ascenso del autismo, que forcluye el agujero y se rige por un sistema de signos. En sus proximidades encontramos distintas afectaciones de los cuerpos, tan adorados como desvitalizados.
En “Psicoanálisis y medicina”2 Lacan afirma que el avance de la tecno-ciencia desconoce al cuerpo en su verdadera naturaleza, que es el gozar, separándolo del cuerpo que imagina, capturado por los gadgets. Es por esta separación que se constituye el cuerpo como simulacro, produciéndose una pérdida del goce vivo. Esto lleva a Lacan a interrogar en “La tercera” si llegaremos a ser animados por los gadgets.
En su Seminario 24 Lacan articula la estructura tórica del cuerpo con el agujereado significante, distinguiéndola de la forma del cuerpo, tan variable como el significado. El rechazo del agujero se traduce en una novedosa emancipación de la forma, que se desplaza incesantemente, dando lugar a una estética de la mutación que se plasma en toda una serie de fijaciones al espejo, que encontramos en la clínica de la anorexia, de la bulimia, de la transexualidad, de la transespecie, etc. En ellas la imagen se separa de la mirada. Lo que entra en juego en la aletosfera virtual no es la pulsión escópica sino el goce narcisista, la relación con la imagen desligada del goce pulsional, desligada del agujero. Por eso se vuelve un goce mortífero.
El cuerpo real pierde la posibilidad de la satisfacción pulsional ligada al agujero, cayendo de la aletosfera digital en una identificación con el objeto como resto o desecho. De allí el alarmante aumento de la tasa de suicidios y la epidemia actual de depresión. En el creciente síndrome de fatiga crónica el cuerpo caído se vuelve puro peso. En la fibromialgia el goce se manifiesta como dolor, único modo que encuentra ese cuerpo de gozar auto eróticamente cuando falta la localización del agujero.
Modo de goce también presente en la práctica de las auto-incisiones, creciente entre los jóvenes. En esos casos se vuelve necesario realizar en lo real del cuerpo ese corte que no está operando el Nombre del Padre en lo simbólico. Es el rasgo unario plasmándose en la superficie del cuerpo de modo iterativo, sin localizar el agujero. En su lugar, la experiencia del dolor localiza el cuerpo erógeno.
El goce corporal no regulado por la dinámica del agujero suele manifestarse como un exceso de movimiento —lo que constituye un verdadero problema en las aulas con los niños de la era digital—, ansiedad o violencia. El goce fálico no agujereado por la función de la castración se manifiesta con su insistencia iterativa en las adicciones, deportes de riesgo, etc.
Los ataques de pánico, tan frecuentes en la clínica actual, son momentos de desarmado del cuerpo imaginario, en los que se hace presente de un modo muy radical la dimensión real del cuerpo. El reverso del simulacro es esa invasión del agujero rechazado, que retorna de un modo absoluto arrasando la imagen narcisista, de allí el sentimiento de enloquecimiento o muerte que conlleva.
Lacan planteaba que “el discurso de la ciencia tiene consecuencias irrespirables para lo que se llama la humanidad”3. En efecto, en la aletosfera digital el cuerpo hablante pierde la respiración del agujero, de allí la importancia del análisis como “el pulmón artificial gracias al cual se intenta asegurar lo que hay que encontrar de goce en el hablar para que la historia continúe.”4
Notas:
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Baudrillard, J., Cultura y simulacro. Kairós, Barcelona, 1978, p. 7. ↑
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Lacan, J., “Psicoanálisis y medicina”, Intervenciones y textos. Manantial, Buenos Aires, 1985, pp. 86-99. ↑
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Lacan, J., “Déclaration à France- Culture a propos du 23e congrès international de psychanalyse”, Le coq.héron, 1974, 8. (Traducción de la autora). ↑
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Ibid. (Traducción de la autora). ↑
