Excesos corporales e insatisfacción capitalista

Insatisfacción

Si según Charles F. Kettering1, jefe de investigación de General Motors en los años ‘50, “La clave de la prosperidad económica, consiste en la creación organizada de un sentimiento de insatisfacción”, estamos delante de la radiografía perfecta del punto estructural que quiero señalar y por el que podemos decir que ese discurso que no lo es, el capitalista, se homologa al funcionamiento derivante (drive) de la pulsión.

Soluciones objetales

El “discurso” capitalista puso en marcha la solución por el objeto. Es decir, ofrecer por medio de un objeto -el “objeto consumo” (no de consumo)-, la solución a todos los malestares a costa de incluir al sujeto como un objeto más; convertir su cuerpo en lo que Toni Vicens llamó “local de consumo”2, y ahora también en una mina de extracción de datos.

El problema viene ante un “discurso” que, como señala J.-A. Miller, “industrializa las tradiciones” y vacía los ideales sociales, familiares e individuales, utilizando esos mismos ideales vaciados como rutilantes envoltorios para empacar una inmensa montaña de objetos con obsolescencia programada, ofreciendo una satisfacción que aísla al sujeto en una compulsión irrefrenable: una satisfacción que no pasa por el Otro, que no se coordina con ninguna pérdida, que devela la estructura iterativa de lo pulsional con los efectos catastróficos de caída del deseo y un aumento exponencial de fenómenos patológicos relacionados con los objetos y con el cuerpo. Un “objeto” iterativo, excesivo, y que en su exceso daña de forma irremediable al sujeto.

Lo tóxico

Lo que va de la mano del Otro como tóxico con sus derivas brutalizadoras en el abuso (sexual) y el acoso (judicial, laboral, digital, personal,…). Nueva figura descarnada de un deseo sexual, turbio, traumático; una nueva reedición atroz del momento constituyente del sujeto. De ahí la promoción de las mascotas, pasando por las políticas del cuidado, los espacios seguros, hasta llegar a los refugios climáticos, que no son sino los índices de la hostilidad tóxica en el que ha devenido uno de los rostros prominentes de la época del Otro excesivo, que virtualmente intoxica todas las relaciones con los demás y con las del sujeto consigo mismo y que, en su exceso, se ha convertido en un ojo que todo lo vigila y al que hay que alimentar con nuestro ofrecimiento exhibicionista bajo la forma de esos chupetes digitales como son las cámaras y las pantallas.

Adoración

Es lo que señaló Gustavo Dessal durante el COVID con ese “¡¡¡No puedo respirar!!!”, de George Floyd bajo la rodilla del Otro de la Ley: un policía que lo llevó a la muerte. Y que tiene su actualización brutal en Maria Eduarda Rodrigues de Freitas, joven de 21 años que perdió la vida recientemente haciendo puenting sin que ninguno de sus tres instructores la hubiese atado. Algo que no es solo una negligencia fatal, absurda y asesina, sino que es el signo de toda una civilización que convierte el cuerpo de Maria Eduarda en otra golosina digital de rápido consumo.

Definitivamente, la solución por el objeto eleva al cuerpo al altar de la adoración a la par que al del odioso rechazo y, en ese momento, el síntoma se corporiza pasando del cuerpo como un objeto a tratar, al cuerpo mediante el cual el sujeto trata algo (un corte) bajo formas muchas veces atroces. Síntoma que se hace cuerpo: gordo, delgado, tatuado, atravesado, operado, golpeado, mutilado, autolesionado, violado, intoxicado, suicidado, muerto, matado… en fuerte contraste con el mundo de la moda, la pasarela, el photocall, la exhibición, los cuidados corporales, etc.

Exceso

Por eso los significantes destacados en la civilización están, todos, relacionados con un objeto en exceso, con la irrupción de una falta que no falta y que causa angustia, nombrada como stress, ansiedad, TDAH, bruxismo, trastornos del sueño, apneas… más los reunidos bajo el síndrome de stress postraumático.

O si no, con la contracara de la tristeza bajo las máscaras de la depresión, la apatía, el vacío, la desvitalización, las enfermedades por bajadas de defensas, etc. Y todo este conjunto acaba mortificado bajo la espesa sombra de la llamada, “adicción generalizada”.

Angustia

La angustia entonces como la presencia radical del objeto. La tristeza como la dificultad de un duelo, de producir una pérdida. De ahí que la OMS haya alertado que la depresión será epidémica en el siglo XXI. Aunque bastará considerar los 4.000 suicidios en España en el año 2024, sin contar los que se quedaron en intento. Son verdaderas cifras de guerra.

Palabras

Se trataría entonces de acompañar al sujeto a recuperar su palabra, (no hay que olvidarlo: la angustia es un cuerpo mudo), a no engañarse por un sistema que sabe de la extrema importancia de las palabras con las que está incansablemente manipulando para convencernos de que no se trata de palabras, sino al contrario, que la única solución reside en los objetos que fabrica y ofrece en masa para ser dueño de nuestras faltas con el fin de monetizarlas.

Sería movilizar los recursos de la palabra porque es con la que podemos realizar otro tipo de corte/separación/pérdida mucho menos atroz y doloroso. De paso que, quizás, separarnos un poco de lo que nos captura para ofrecernos a la mirada devorante de los actuales dioses oscuros digitales.

En definitiva, es oponerse a todo lo que no tenga en cuenta que el malestar no es una falla del sistema, sino que es lo que posibilita todo su funcionamiento.

josemalvarezlopez@gmail.com

 

Notas:

  1. Kettering, C. F. ↑

  2. Vicens, A., No todo es política en la orientación lacaniana, Gredos RBA, Barcelona, 2018. ↑

 

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