Lo femenino y el cuerpo

¿Es la relación al cuerpo una forma de hacer frente a lo femenino? Entendiendo, con Lacan, lo femenino, no como equivalente a ‘La mujer’ –que, para él La mujer no existe– ni a una identidad de género, sino como una posición respecto al goce y la función fálica. Esta posición femenina gozante se caracterizaría por ser no-todo respecto al falo. Es en su Seminario 20 titulado Aún (Encore, 1972-73)1 donde Lacan desarrolla las fórmulas de la sexuación. El goce femenino no es que sea “otro”, es no-todo. El goce femenino escapa de la capacidad ordenante del falo, está “más allá” de él, no puede ser enteramente localizado y esa parte del goce tiene, dirá Lacan, una relación especial al cuerpo.

Frente a esta imposibilidad de decir(lo), el goce femenino, el cuerpo adquiere una importancia particular, es su topos. Lacan ofrece como ejemplo la experiencia mística, donde la escritura ofrece un anudamiento:

“Veíale en las manos [del Señor] un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto.”2

Ante la pregunta de qué quiere una mujer, algo no puede ser respondido mediante un significante del Otro. Como encontramos en el pedido de la niña en la demanda hacia la madre sobre qué o cómo ser una mujer, y la importancia de este legado (su rasgo deseante), y la herida de toda mujer como hija hacia su madre por esa imposibilidad de decir(lo).

Será en Aún donde el cuerpo aparece como aquello que permite que haya goce. Pero sabemos que no hay coincidencia entre organismo, cuerpo e imagen corporal para el psicoanálisis. El lenguaje ha hecho que el cuerpo humano haya dejado de ser un organismo puramente natural.

De un lado, el goce femenino ofrece una posición de no captura total por el sentido. El no saber es protagonista de manera especial, se da una relación menos totalizante con el Otro, sucede una distancia con las identificaciones, y la experiencia no se ordena necesariamente hacia una finalidad. Ahí el Otro no es un garante absoluto y eso permite la separación de ciertos ideales.

Es por esto mismo que el goce femenino pueda sentirse como un exceso, como “demasiado”, ahondando en la sensación de soledad y la impotencia del sujeto que no logra ordenarlo ni saber hacer con él. Puede darse la respuesta contraria y recrudecerse el pedido de un Otro que le diga qué está pasando. Precisamente porque el sujeto no sabe completamente sobre su propio goce, puede buscar desesperadamente a alguien que le proporcione una respuesta. Una demanda fuerte al Otro supuesto saber. Una posible deriva en este sentido es confundir goce con amor, dejando caer del lado de ese otro (representante del Otro) la propia existencia, una garantía frente a ese vacío que tan bien evidencia la posición femenina. Vacío que suele producir angustia, dolor existencial, bajo la forma de diversos síntomas. Ahí la demanda hacia el otro del amo-r se vuelve infinita, insaciable, porque en realidad encierra un intento por tapar la falta (propia y en el otro).

En la época actual, marcada por la devaluación de lo simbólico y del nombre del padre, esta función destotalizante del goce femenino cuyo topos es el cuerpo puede resultar especialmente insoportable, encontrando un redoblado empuje “totalitarista” al dominio del cuerpo por todos los medios.

Entrenamiento constante en el gimnasio, cremas antiarrugas desde la pronta juventud, evitación del consumo de alcohol y del tabaco, cuidado especial de la dieta, cultivo y distribución de la propia imagen a través de redes sociales… Tras la pandemia de COVID-19 de 2020, la relación individualista con el propio cuerpo parece haber ocupado la escena con especial centralidad (goce solipsista), de la mano de la tecnología. Por ejemplo, en España es novedad que en los últimos años las adolescentes vayan especialmente maquilladas y conozcan muy tempranamente cuáles son las posibilidades a nivel de tratamientos faciales y corporales estéticos ¿qué ha pasado con las vías de relación al propio cuerpo fundamentalmente a través del encuentro con el (cuerpo del) otro, sin tanto “acicalamiento”, y sin un peso tan grande de lo imaginario o, mejor dicho, con lo imaginario situado desde otro lado?

Ahora bien ¿acaso estos arreglos e inventos de cómo hacer con el cuerpo son muy distintos de los de otras épocas? ¿O lo son tan sólo en términos ‘freudianos’ de “cantidad”? ¿Quizás el rasgo de nuestra época en relación al cuerpo pase más bien por un marcado rechazo, fundamental, de lo femenino en el sentido lacaniano, es decir, rechazo del no-todo?

c.urbano.m@gmail.com

 

Notas:

  1. Lacan, J., El Seminario, libro 20, Aún (texto establecido por Jacques-Alain Miller). Paidós, Barcelona, 1981. ↑

  2. Santa Teresa de Jesús, Libro de la Vida, Tomo I, Biblioteca Mística Carmelitana, Burgos, 1915, p. 234. ↑

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