El cuerpo que se adora, el goce que acontece
Podríamos interrogarnos: ¿qué relación guarda la adoración de un cuerpo que creemos tener con el goce que acontece en él?
Lacan afirma que “el parlêtre adora su cuerpo porque cree que lo tiene”,1 cuando en realidad no es así, no lo tiene. Precisa Lacan, el “cuerpo es su única consistencia –consistencia mental, por supuesto, porque su cuerpo a cada rato levanta campamento”.2
Podemos decir que introduce una paradoja: el cuerpo constituye nuestra única consistencia, pero esa consistencia no nos da garantía de su posesión. Nos sentimos poseedores de un cuerpo, nos reconocemos en su imagen, lo cuidamos, lo ofrecemos a la mirada del Otro, incluso intentamos transformarlo; sin embargo, algo de ese cuerpo escapa a nuestra voluntad. No somos dueños de aquello que en él se experimenta como goce.
Más aún: precisamente porque creemos tener un cuerpo es que podemos adorarlo. La adoración implica una relación de fascinación, pero también una creencia de pertenencia. El cuerpo se presenta como “nuestro” allí donde, al mismo tiempo, se revela como una alteridad3 que nos afecta, nos sorprende y puede incluso imponernos una satisfacción que no reconocemos como propia.
Esta paradoja puede ponerse en relación con una formulación anterior de Lacan, en Aun, donde introduce la noción de “sustancia gozante”. Desde esta perspectiva, el cuerpo no se reduce a su consistencia imaginaria: es también un cuerpo afectado por el goce. Lacan afirma allí: “un cuerpo es algo que se goza”4 y añade que “no se goza sino corporeizándolo de manera significante”.5
Esto permite introducir una diferenciación. El cuerpo no es simplemente un objeto que el sujeto posee ni una imagen con la que se identifica. Es también aquello que se experimenta en una modalidad de goce que no coincide con el dominio consciente ni con la voluntad del yo. El cuerpo se vuelve cuerpo en tanto es afectado y recortado por el significante; pero el goce que allí se produce no queda por ello enteramente simbolizado.
El significante es, para Lacan, causa del goce: no se limita a representar un cuerpo ya constituido, sino que lo afecta, lo marca y produce en él una determinada modalidad de satisfacción. Esa marca singular de goce no se agota en el sentido. El síntoma no es sólo un mensaje que habría que descifrar, sino también una modalidad de goce que insiste y se repite.
En este punto, la adoración del cuerpo puede leerse de otra manera.
“El parlêtre adora su cuerpo porque cree que lo tiene”,6 pero aquello que adora no es únicamente una forma visible o una imagen unificada. Ese mismo cuerpo es también soporte de un goce que lo afecta y, al mismo tiempo, se le presenta como extraño. El cuerpo es propio en la imagen y ajeno en el goce.
El cuerpo que se adora es, por tanto, inseparable del cuerpo que se goza, tiene una consistencia imaginaria y sin embargo, algo del goce que lo afecta permanece opaco al sentido.7
Que el cuerpo sea algo que se goza indica que el cuerpo es el lugar donde se inscribe una satisfacción singular, irreductible a la voluntad y al sentido. Es aquí donde adquiere relieve la fórmula del síntoma como acontecimiento de cuerpo.8 El síntoma no es sólo un mensaje que habría que descifrar. Es también una modalidad de goce.
El cuerpo que se adora y el goce que acontece no son, entonces, dos términos separados. La adoración sostiene la creencia de tener un cuerpo y de encontrar en su imagen una consistencia; el acontecimiento de cuerpo muestra el límite de esa creencia, al poner de manifiesto un goce que no se deja poseer plenamente.
El acontecimiento de cuerpo no es simplemente una perturbación de la imagen, sino que remite a la marca singular de goce que deja el encuentro con el significante.
Entre ambos se sitúa el parlêtre: no es su cuerpo, no lo tiene del todo, pero debe arreglárselas para habitarlo.
Allí donde la adoración promete la unidad de un cuerpo propio, el psicoanálisis encuentra el acontecimiento de un goce que descompleta esa unidad y exige, para cada parlêtre, una invención.
El síntoma ofrece una solución singular frente a un goce que, de otro modo, podría presentarse como invasivo o sin límite. La orientación analítica no apunta a erradicar sin más el síntoma, sino a permitir que el sujeto pueda cernir la modalidad de goce que lo habita e inventar una relación más vivible con aquello que, en su cuerpo, acontece.
Podemos responder, finalmente, que el cuerpo se adora allí donde se cree poseerlo, pero el goce que acontece en él desmiente toda posesión plena. El síntoma ofrece una solución singular para habitar la distancia entre el cuerpo que se cree tener y el cuerpo que se goza.
Notas:
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Lacan, J., El Seminario, libro 23, El Sinthome (texto establecido por Jacques-Alain Miller). Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 64. ↑
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Ibid. ↑
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Miller, J-A., El partenaire-síntoma. Paidós, Buenos Aires, 2008, p. 409. ↑
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Lacan, J., El Seminario, libro 20, Aun (texto establecido por Jacques-Alain Miller). Paidós, Buenos Aires, 1992, p. 32. ↑
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Ibid. ↑
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Lacan, J., El Seminario, libro 23, El Sinthome, Op. cit., p. 64. ↑
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Lacan, J., “Joyce el Síntoma”. Otros escritos. Paidós, Buenos Aires, 2012. p. 596. ↑
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Ibid., p. 595. ↑
