Un-cuerpo adorado
“(…) lo único concreto que conocemos es siempre la adoración sexual, es decir,
la equivocación, en otras palabras, el menosprecio, porque se supone que
lo que se adora no tiene ninguna mentalidad, confer el caso de Dios.
Esto no es verdad para el cuerpo considerado como tal —quiero decir adorado,
puesto que la adoración es la única relación que el parlêtre tiene con su cuerpo
—más que cuando este adora otro, otro cuerpo.
Siempre es sospechoso, porque esto implica el mismo menosprecio
—menosprecio verdadero, puesto que se trata de verdad”.
J. Lacan1
Mentalidad, consistencia, adoración, amor propio, son algunos de los términos a los que Lacan se refiere en relación al cuerpo del parlêtre y a partir del nudo borromeo, recurso del que se sirve en su última enseñanza.
Aunque podemos reconducir cada término a un registro, su riqueza y su dificultad estriban en que son conjugados en la relación entre lo imaginario, lo simbólico y lo real. En estas articulaciones cobran su valor y también producen malentendidos, que no dejan de mostrar nuestra debilidad mental como parlêtres.
Además, en su última enseñanza Lacan hace a los tres registros homogéneos, pero a partir de la categoría de la consistencia, que corresponde a lo imaginario. Un nuevo imaginario que no es el de la imagen amada-odiada —rivalidad imaginaria del estadio del espejo— sino de lo que mantiene junto, consistencia del cuerpo adorado que se cree tener.
Entonces, podemos hablar de consistencia mental, o de adoración del cuerpo, refiriéndonos con ello al goce, que habíamos visto, con Lacan, que puede extraerse de la imagen, pero que ahora ubicará en lo que se siente en el cuerpo.
Así, si bien la consistencia es propiedad de lo imaginario, cuando hablamos de consistencia mental nos situamos en el entrecruzamiento de lo imaginario con lo simbólico. La consistencia del cuerpo es mental porque su imagen se sostiene abrochada en lo simbólico. Se sostiene del lenguaje, del pensamiento. Sin ello, la imagen se desvanece y da lugar a seres de apariencia pura, lo que Lacan denominó “enfermedades de la mentalidad”.
Por otra parte, cuando Lacan se refiere al amor propio, se refiere al amor por el cuerpo. De nuevo, es precisa la articulación entre los registros simbólico e imaginario para que esta relación de amor por el cuerpo se dé. Ya que se precisa de tener un cuerpo para amarlo, o más precisamente, de creer que se lo tiene, lo que implica la mentalidad, en forma de debilidad mental.
Por su parte, la adoración tiene que ver con lo real del goce, lo que se siente en el cuerpo. Si hay un cuerpo al que adorar, es porque hay un cuerpo que se siente, se cuida (se manipula) y se goza. Se trata aquí del éxtasis del cuerpo que Lacan subraya con las imágenes religiosas barrocas, un goce que excede la lógica fálica, un goce que no se puede decir, que se siente en el cuerpo.
Esta es la cuestión que interesa a Lacan al final de su enseñanza, cuando el sujeto ha acabado con el Otro y se encuentra con el hay lo Uno2. En efecto, si “no hay relación sexual”, solo hay iteración de lo Uno. Iteración que se da en el cuerpo, en su gozarse.
Este cuerpo de lo Uno “es la encarnación del ello freudiano, es decir, el cuerpo en tanto que se goza”3, lo que lo diferencia del inconsciente, lugar de las ficciones de la verdad mentirosa del sujeto. Lacan va a dar un valor fundamental a la distinción entre el ello y el inconsciente. La encontramos a partir del Seminario 14, con su lectura del cogito cartesiano como Yo no pienso. Sus consecuencias llevan a Lacan a desprenderse de lo simbólico en el Seminario 20, donde va a pasar del lenguaje estructurado a lalengua4. Y en su última y muy última enseñanza, adoptará el término de parlêtre en lugar del de sujeto, así como se referirá a l’unbévue en lugar del inconsciente.
Este paso al final de su enseñanza sanciona la reducción última de lo simbólico, del lenguaje y el pensamiento, reducido ahora a una imaginarización como exceso de sentido, una elucubración sobre lalengua. Lo simbólico, que había dominado a lo imaginario, se ha desinflado. De ahí que Lacan diga que el inconsciente es una enfermedad mental. Con ello, evidencia que “es la debilidad mental de ese ser a quien lo mental no lo coloca en relación con lo real»5. El inconsciente es una enfermedad mental porque es la elucubración que hizo Freud a partir de una equivocación. Por ello Lacan va a volver a poner en valor la equivocación como «dato inmediato”6 y más próximo a lo real. Ya que en cuanto elucubramos, damos sentido y nos apartamos de lo real. Es la razón que lo lleva a incluir en el título de su Seminario 24 la equivocación como l’une-bévue, en un juego con la traducción fonética al francés del término alemán Unbewusst (inconsciente).
La cuestión entonces es cómo incidir en el cuerpo que se goza, cuando el goce se distingue del sentido y se ubica en lo real. Si apuntamos al sentido, vemos que, en realidad, no estamos en el nivel de lo real del cuerpo, sino de lo mental. De ahí que Lacan se interese en su muy última enseñanza por el efecto poético, por una interpretación que no apunte al efecto de sentido, sino a “la resonancia del efecto de agujero”.7
Notas:
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Lacan, J., El Seminario, libro 23, El Sinthome (texto establecido por Jacques-Alain Miller). Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 64. ↑
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Miller, J.-A., “De la falta en ser al agujero” (L’orientation lacanienne. L’Un-tout-seul), lección del 11 de mayo de 2011, Freudiana 70, 2014, p. 18. ↑
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Miller, J.-A., “La causa lacaniana” (L’orientation lacanienne. L’Un-tout-seul), lección del 18 de mayo de 2011, Freudiana 67, 2013, p. 19. ↑
-
Miller, J.-A., El ultimísimo Lacan. Paidós, Buenos Aires, 2013, p. 252. ↑
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Miller, J.-A., El lugar y el lazo. Paidós, Buenos Aires, 2013, p. 396. ↑
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Íbid., p. 397. ↑
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Miller, J.-A., El ultimísimo Lacan. Op. cit. p. 180. ↑
