Del racismo imaginario a la xenofobia real

En la tercera lección de su curso Extimidad (1985-86) Miller piensa el racismo como el odio a un modo de goce distinto.1 Miller concreta aún más su tesis para sostener que en realidad lo que se odia es que el otro goce más y mejor.2 Finalmente la posibilidad del racismo la sirve en bandeja el hecho de que la relación con el propio goce es siempre problemática, por ser insuficiente o excesivo, y se le supone al otro un mejor acuerdo con su goce.3 Desde esta concepción, por ejemplo, el odio masculino al otro sexo se debería a la consideración de lo excesivo del goce femenino.

Cabe entonces pensar el racismo como un des-encuentro entre los goces fálicos de dos grupos humanos, de manera tal que no cabe hacerse demasiadas esperanzas acerca de una posible fraternidad. Quizás, pese a ello, el racismo pueda ser algo dócil a una cierta domesticación. Puede que en él exista un pequeño margen para el reconocimiento del goce del otro, para la mezcla, para la incorporación de algunos elementos de ese goce diferente de un cuerpo que se mueve, que habla, que se viste de forma diferente, que se da a ver recubierto por una piel de una tonalidad diferente.

¿Y la xenofobia? Proponemos pensar la xenofobia como una forma de odio si cabe aún más pura. Cabe recordar que el odio era considerado por Lacan una de las tres pasiones del ser -que no pasiones del alma o afectos- junto a la ignorancia y el amor. Un odio que Lacan sitúa entre lo imaginario (la agresividad, el yo ideal) y lo real: lo real porque en tanto que pasión del ser el odio es una “vía de realización del ser”.4 El odio apunta con su lucidez al ser que se le supone al sujeto ahí enfrente y es lúcido no por lo que descubre ahí fuera, sino por lo que dice del propio sujeto que odia.

Proponemos, siguiendo a Anaëlle Lebovits-Quenehen que la xenofobia va un paso más allá del racismo: no se trataría del odio a este o este otro goce particular, ni de la imaginaria suposición de que el otro goza mejor, sino de un odio al hecho de la Otredad misma, a todo aquello que recuerda la división del sujeto entre él y su inconsciente, entre él y su goce.

La xenofobia no apuntaría a ningún rasgo concreto sino a la condición de Otredad que todo sujeto en realidad padece. Por supuesto, existen grupos de individuos con una cierta predisposición a encarnar esta figura de la Otredad y, por lo tanto, ser objeto de xenofobia. El judío, por su errancia no solo histórica sino política. La mujer, por su goce Otro, reacio al significante e inconfesable; y, podemos añadir, desde hace un siglo, al palestino, que recuerda al ultraortodoxo israelí que la posición de paria es en el fondo la suya propia en tanto que un ser hablante más.5

Bajo esta óptica, en la xenofobia se odia a secas la Otredad que todo sujeto contiene en tanto que dividido por su forma de gozar, es decir, en tanto que su propio goce se le aparece como algo éxtimo. En el fondo, se es xenófobo porque el otro no explica el misterio de su goce, enigma del que finalmente ningún sujeto puede dar realmente cuenta. Que haya un modo de goce singular inconsciente y superpuesto a la voluntad del sujeto, algo heterónomo, pone en cuestión la supuesta libertad de las elecciones del sujeto y, al mismo tiempo, le recuerda su naturaleza de sujeto dividido.

Tómense como muestra de la aporofobia generalizada en la ultraderecha contemporánea las declaraciones de Donald Trump contra los pobres, vagos y sin verdaderos derechos. Quizás, por una parte, sirve como causa el odio a sus propios orígenes: un abuelo que huye de la miseria de Alemania a Nueva York en 1885. Pero, por otra, está el hecho de que ese rasgo particular -la pobreza- recuerda la condición de vulnerabilidad y fragilidad de todo sujeto. Bajo el racismo al negro, la xenofobia a la exclusión radical de todo sujeto.

Sería ingenuo sostener que el reconocimiento de esta Otredad pueda ser un antídoto viable para la xenofobia de todo sujeto. La generalización de la rectificación subjetiva que posibilita el psicoanálisis a este nivel no parece muy plausible. Ahora bien, también pueden resultar ingenuas las soluciones que pretenden reeducar al sujeto sin tomar conciencia del enraizamiento de la xenofobia en el odio a la extimidad del propio goce del sujeto.

francondesoto@gmail.com

 

Notas:

  1. Miller, J-A., Extimidad. Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 53.

  2. Ibid., p. 54.

  3. Ibid.

  4. Lacan, J., El Seminario, Libro 1, Los escritos técnicos de Freud (texto establecido por J.-A. Miller). Paidós, Buenos Aires, 2004, p. 404.

  5. Lebovits-Quenehen, A., Actualidad del odio. Una perspectiva psicoanalítica. Grama Ediciones, Buenos Aires, 2004, p. 74.

 

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