De “el sujeto ama su cuerpo” a “el parlêtre adora su cuerpo”
¿Cómo pensar el nuevo imaginario que propone Lacan en su última enseñanza respecto de la relación que el niño, el púber y el adolescente mantienen con su cuerpo? Creo que se trataría de desarrollar las consecuencias de esta propuesta y ponerlas al servicio de volver a pensar la articulación entre imagen, semblante, goce del cuerpo y sexuación, en los diferentes momentos lógicos de tener un cuerpo para el parlêtre, sobre todo cuando se hace patente la existencia de maneras de gozar que ya no se indexan en el Otro o formas de corporación por fuera del Otro y que inevitablemente nos lleva a preguntarnos ¿cómo se tiene hoy un cuerpo? más allá de las virtudes simbólicas que introducía el orden del amor en tanto identificación con el padre1 en la primacía de lo simbólico.
Lacan tanto en el estadio del espejo como el esquema óptico traduce el narcisismo freudiano y pone en valor la importancia de la imagen especular del propio cuerpo en el espejo para la constitución de la instancia del yo, señalando que “el yo humano se constituye sobre el fundamento de la relación imaginaria”2, y cuyo antecedente se encuentra ya en El yo y el ello, en donde Freud consideraba la constitución del yo como una imagen unificante: “el yo consciente, a saber, que es sobre todo un yo-cuerpo”3.
Por tanto, la imagen del cuerpo es cautivante porque como imagen unificada y como ideal de completud sostiene la idea de uno mismo como cuerpo y ofrece un goce de lo visual en tanto que es la manera como el ser hablante adorna y viste su cuerpo, intentando velar el efecto de la castración, y desde esta perspectiva ama su imagen4, como un modo de cubrir la discordancia primordial entre la imagen y el cuerpo.
Hasta aquí, lo que se ha formulado como “el sujeto ama su cuerpo”, bajo la primacía de la imagen dominada por lo simbólico y la identificación narcisista, el ideal de unidad y desconocimiento del yo. Podríamos hablar de una consistencia del cuerpo fundamentada en una imagen idealizada en el espejo que concierne a este primer imaginario de la enseñanza de Lacan.
Ahora, nos centramos en las metamorfosis de la pubertad, a partir de la aparición de los llamados caracteres sexuales secundarios y la conmoción por nuevas sensaciones que tienen que ver con formas de satisfacción ligadas a los órganos sexuales y las sensaciones de estar afectado por un cuerpo que goza y se goza, poniendo en cuestión su funcionamiento anterior. Estos fenómenos heterogéneos y disarmónicos irrumpen y nuevos goces toman la delantera sobre las ficciones infantiles que sirvieron, en su momento, para vestir el cuerpo. Además estos fenómenos ponen en cuestión la dialéctica del tener para tratar la diferencia sexual y por ende la identidad sexual, aún más si cabe a partir de la oferta de identidades del discurso social bajo la égida de la disforia del género.
En el corazón de estas nuevas coordenadas, los adolescentes se enredan con el cuerpo, pudiendo tomar la dimensión de una inquietante extrañeza, entonces “la inquietante extrañeza depende indiscutiblemente de lo imaginario”5. Hoy día, podemos apreciar cómo los jóvenes parlêtres movilizan una cantidad de artificios y gadgets para tratar dicha extrañeza, con un culto a la imagen con una profusión y extensión como jamás se había visto gracias a las redes sociales, los influencers y toda clase de dispositivos electrónicos, pero donde el acomodo es frágil y cambiante ya que el cuerpo, como nos indicaba Lacan, “a cada rato levanta campamento”.6
Se podría decir que la metamorfosis para algunos parlêtres oculta una anamorfosis en la medida que su imagen ha quedado distorsionada y ahora tienen que buscar un nuevo punto de anclaje para restablecer una imagen del cuerpo que tenga una consistencia, es decir, una consistencia real. Por un lado que mantenga junto los registros y, por otro, que se fundamente en el goce en el cuerpo.
No podemos olvidar que el campo del goce no solo se reduce al goce fálico-pulsional, goce “fuera” de cuerpo, porque precisamente es un goce que está fuera de lo imaginario y es contradictorio con el sostenimiento de la imagen corporal, sino que además hay un goce en la dimensión imaginaria. Se trata de un goce que se experimenta, se siente, “en” el cuerpo. Es justamente ese anudamiento, el de un goce con el imaginario, lo que le da consistencia a la imagen corporal, ya que le brinda un sostén real y es por ese goce “en” el cuerpo, que el parlêtre “siente” que “tiene un cuerpo”.
Respecto de la tesis de lacan “la adoración es la única relación que el parlêtre tiene con su cuerpo”7, Lacan no utiliza esta palabra a la ligera implica una íntima conexión marcada por la alabanza y el culto, poniendo el cuerpo en el lugar donde antes se ponía la religión y Dios y es en ese sentido como Paul Valéry ubica la nueva herejía del mundo moderno la “adoración, culto de la máquina de vivir”8.
Notas:
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Miller, J.-A., El Ultimísimo Lacan. Paidós, Buenos Aires, 2014, p. 106. ↑
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Lacan, J., El Seminario, libro 1, Los escritos técnicos de Freud (texto establecido por Jacques-Alain Miller). Paidós, Buenos Aires, 1991, p. 178. ↑
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Freud, S., “El yo y el ello”, Obras Completas, Tomo XIX. Amorrortu, Buenos Aires, 1992, p. 29. ↑
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Alberti, C., “Curtirse en el nuevo imaginario”, El Psicoanálisis 46, 2025, p. 12. ↑
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Lacan, J., El Seminario, libro 23, El sinthome (texto establecido por Jacques-Alain Miller). Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 48. ↑
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Ibid, p. 64. ↑
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Ibid. ↑
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La frase «Somatismo (Herejía del fin de los tiempos). Adoración, culto de la máquina de vivir» de Paul Valéry no pertenece a una obra publicada como libro unitario. Se trata de una anotación aislada que se encuentra publicada en sus famosos Cahiers. Dicha reflexión ha sido ampliamente referenciada, citada y traducida al español por diversos ensayistas contemporáneos, quienes la utilizan para analizar la obsesión moderna por el cuerpo. ↑
