Cuerpos adorados / Cuerpos cansados

Desde el inicio, Lacan es sensible a la tensión que alberga el cuerpo para todo sujeto entre “la turbulencia de movimientos con que se experimenta a sí mismo”1 y el intento de verse unificado en un yo. Solo un espejismo óptico permite ordenar dentro de la imagen del cuerpo “todos los ellos, objetos, instintos, deseos, tendencias, etc.”2 que experimenta. Por un lado, está la fragmentación de sensaciones variables que padece el cuerpo y, por otro lado, está la imagen que permite imaginar una unidad que se nombra como yo. La unificación entre ambos es fuente de identificación jubilosa, el fracaso en lograrlo cierne sobre el sujeto la amenaza oscura de algo que no puede nombrar.

Lo que era una imagen plana en la que el cuerpo vivo se alienaba por medio de la mirada, en el Seminario 23 toma volumen y se convierte en “una bolsa o un trapo”3 dentro de la cual los órganos no descansan y el goce borbotea. Con este cambio, la vista no es suficiente para sostener la consistencia en la que alienar nuestro yo. La bolsa necesita de un nudo para sostenerse. Un nudo que “puede hacerse”4, pero no con las mentiras de la ment-alidad, esas mentiras con las que el parlêtre crea hechos, por ejemplo, diciendo que “tiene un cuerpo”.

Lacan hace un esclarecedor juego de palabras, a partir de una homofonía, para entender esta tensión entre la imagen-superficie del cuerpo y el bullicio de lo que acontece sin parar en él. Por un lado, estaría la ment-alidad y su imaginación que dice Je le pense, donc je le suis, “yo lo pienso, luego yo lo soy”, yo pienso el cuerpo, luego yo soy el cuerpo. Es el cuerpo imaginado, el cuerpo que creemos tener y con el que soñamos ser, el cuerpo adorado.

Por otro lado, escuchamos en la homofonía Je le panse, donc je l’essuie que será traducido como “Yo lo curo, es decir, lo engordo, luego, lo sudo”.5 Este es el cuerpo que, a poco que nos despistemos, “levanta campamento”.6 Un cuerpo que “no se evapora”7 y que soporta el peso del esfuerzo que supone mantenerlo anudado a la imagen-superficie en la que se aliena para poder ser adorado.

Aparece así un nuevo elemento fundamental en la tensión entre el cuerpo imaginado y lo que acontece en él: el esfuerzo que supone sos-tenerlo. Tras el cuerpo que adoramos, que creemos tener, está el cuerpo que “no se evapora” y que hay que sos-tener. El prefijo sos– indica acertadamente que para tener un cuerpo es necesario tenerlo desde abajo, tenerlo desde los aconteceres que la bolsa con-tiene.

Para que la consistencia imaginaria del cuerpo se sos-tenga, es necesario un esfuerzo permanente. ¿De quién? ¿De qué? Se esfuma el agente de ese esfuerzo, ya que, como dice Lacan, a la ment-alidad le resulta antipático8 este cuerpo que “no se evapora” y ese “yo” que aparece en el “yo” lo curo, “yo” lo engordo, “yo” lo sudo apenas se reconoce más que como “cuerpo que se cansa” como consecuencia de un esfuerzo. El cuerpo cansado es la prueba de que el cuerpo adorado necesita de un esfuerzo permanente para sos-tenerse. Para sos-tenerse ante la pulsión que no descansa, ante el goce que no cesa, ante la imagen que cae, ante el encuentro con otros cuerpos, ante los cambios del paso del tiempo. El borboteo en el interior de la bolsa no deja que el cuerpo simplemente se hinche y se suba al escabel listo para ser adorado.

¿Y cómo entender el cuerpo cansado en relación con el goce? El cansancio es algo distinto que el goce. Consentir al cuerpo cansado es un modo de poner un límite al cuerpo que goza, eso sí, un límite que lleva la marca de la singularidad de cada uno. Hay cuerpos que están cansados sin hacer nada, hay cuerpos que se cansan buscando como sos-tenerse, hay cuerpos que no se reconocen como cansados, porque no paran de gozar teniéndose, hay cuerpos que tratan de olvidar su cansancio con la ayuda de sustancias para seguir gozando…

¿Saber leer nuestro cuerpo cansado podría ser entonces una modalidad del saber hacer con el goce que invade al cuerpo? El cuerpo cansado es la contracara del cuerpo adorado que el parlêtre cree tener. Para poder hacer algo con el cuerpo es necesario creer que se tiene, ya que, como nos recuerda Lacan: “Tener, es poder hacer algo con”.9 El cuerpo cansado nos recuerda el límite de poder “hacer algo con” el cuerpo, ya que para hacer algo con él, no es suficiente imaginar que se tiene, adorándolo, sino que además hay que poder sos-tenerlo, saber cómo hacer con el nudo que cierra la bolsa para con-tener sus turbulencias, apretar el nudo cuando toca hacer, aflojarlo cuando toca no hacer. Mientras se está vivo, el parlêtre ha de agenciarse un saber hacer con ello. Y allí está el cuerpo cansado avisando que “hay algo de lo que no podemos gozar”10 porque tras el límite que impone al cuerpo el cansancio sólo vislumbraremos el horizonte mortífero del exceso de goce, de la pulsión de muerte en busca del descanso eterno.

molledafme@gmail.com

 

Notas:

  1. Lacan, J., “El estadio del espejo como formador de la función del yo”, Escritos 1. Siglo XXI, México, 2003, p. 88.

  2. Lacan, J., El Seminario, libro 1, Los escritos técnicos de Freud (texto establecido por Jacques-Alain Miller). Paidós, Buenos Aires, 2001, p. 128.

  3. Lacan, J., El Seminario, libro 23, El sinthome (texto establecido por Jacques-Alain Miller). Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 63.

  4. Ibid.

  5. Ibid, p. 64

  6. Ibid.

  7. Ibid.

  8. Ibid.

  9. Lacan, J., “Joyce el síntoma”, Otros escritos. Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 592.

  10. Lacan, J., El Seminario, libro 23, El sinthome. Op. cit., p. 59.

 

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