De la adoración al saber-hacer

En el Seminario 23, El sinthome, Lacan se sumerge en la búsqueda de una nueva escritura para el psicoanálisis, operando una de las mayores metamorfosis de sus conceptos. No obstante, mediante los nudos, seguirá sosteniendo los tres registros que lo han acompañado desde el inicio de su enseñanza. Así, los redondeles de cuerda son equiparados a los registros: real, simbólico e imaginario. El síntoma, mediante su transmutación en sinthome, deviene el pivote estructural que permite que los redondeles permanezcan unidos. Pero atención: la unión de RSI es una disyunción; es decir, mantener unidos los registros es hacer posible su diferenciación1.

En esta nueva formalización del psicoanálisis, conceptos como el inconsciente, el saber y el lenguaje van a quedar de cierta forma rezagados. La escritura del sinthome, tomará apoyo en el artista James Joyce. El Seminario El sinthome es el esfuerzo de Lacan por producir su propia escritura: al lado de la escritura del ego de Joyce camina la escritura de lo real en Lacan.

El empeño de Lacan en darle una entidad lógica a lo real le obliga a repensar lo imaginario. Si en su primerísimo texto “el Estadio del Espejo”, lo imaginario se vincula a la pregnancia de la Gestalt de la imagen en el espejo, que, por mediación de la mirada materna -es decir, de la sanción del Otro- hacía surgir en el niño un júbilo correlativo al triunfo sobre el cuerpo fragmentado, en la última enseñanza de Lacan el cuerpo es opaco al parlêtre. El ser es hablante, mientras que el cuerpo constituye un misterio2. El parlêtre está concernido por la extrañeza del cuerpo.

Un nuevo imaginario: de la pregnancia a la consistencia

En la primera enseñanza de Lacan, conocida como estructuralista, lo imaginario, relativo a la pregnancia de la imagen en el espejo, estaba supeditado al registro simbólico. La formación del yo dependía de la sanción del gran Otro, es decir, de lo simbólico. El yo y su función de desconocimiento se conformaba por la alienación a la imagen del otro.

La consistencia imaginaria, en cambio, Lacan la reserva, en su última enseñanza, para el cuerpo3. La operación para tener un cuerpo es establecer una relación consistente entre éste y el parlêtre. Lo que no quiere decir que el cuerpo sea imaginario. La consistencia imaginaria permite que el nudo una, haciendo creer que se tiene un cuerpo. Este nuevo imaginario ya no está supeditado a lo simbólico, a la sanción del Otro, dado que en el nudo los registros son equivalentes.

Cuando falla la consistencia, como le ocurrió a Joyce, el cuerpo “levanta campamento”4, “se suelta como una cáscara”5. Entonces es preciso para volverlo a traer, hacer un empalme, que, en el caso Joyce, es lo que constituye su sinthome.

En el capítulo X del Seminario 23 Lacan nos habla de ese empalme y lo llama el “ego corrector de Joyce”6. El ego corrector es lo que hace función de ego, y nos precisa que se trata allí de una escritura. En el caso de Joyce esa escritura tiene que ver con la singularidad de su obra, es decir, con el enigma, con el modo de triturar la lengua inglesa, con la función de nominación de su nombre propio y no menos importante, con la función que tuvo Nora, su mujer.

Los atributos de la consistencia, no conciernen al sentido ni al inconsciente. La consistencia no se interpreta ni se descifra. El Seminario 23 da una clave de la función que cumplió Nora para Joyce. Dice Lacan: “ella le ceñía como un guante dado vuelta”. Aquello que ciñe no permite establecer una relación entre los sexos; y suponemos que por eso añade: “entre ellos ¡había relación sexual!… aunque sostenga que no hay”7. Por tanto, el guante Nora era otra cara del sinthome de Joyce.

De la adoración al saber-hacer

“El parlêtre adora su cuerpo porque cree que lo tiene”8. La adoración es relativa al narcisismo contemporáneo, y en ese sentido tiene esa cualidad de pregnancia imaginaria, pero sin la sanción del Otro. Lacan, después de decir que el parlêtre adora su cuerpo, añade que justamente es lo que Joyce no hace.

Se adora lo divino. La divinidad sueña con la eternidad, que es la salvación ofrecida por la religión soportada en la existencia de Dios y el cuerpo de Cristo. Aventuro aquí mi lectura: la adoración contemporánea del cuerpo, es la que reintroduce la creencia en Dios bajo la forma del cuerpo. El hombre que se iguala a Dios –está hecho a su imagen y semejanza- necesita entonces creer que tiene un cuerpo para existir. Pues bien, esa adoración es relativa al triunfo más profundo del desconocimiento del que provee el narcisismo. Diría que hoy, esa operación es del orden de la forclusión generalizada; del rechazo de lo real.

En ese sentido, el Seminario 23 es una invitación a pensar modos de tener un cuerpo, que se sostengan por el saber-hacer con el sinthome. Es decir, es una invitación a fracasar, a fracasar cada vez mejor. Por eso la última enseñanza de Lacan es profundamente ética, dado que insta al parlêtre a hacerse responsable del uso de su síntoma, para lo cual es necesario que no suelte la cuerda de lo real, lo que no cesa de no escribirse, y juegue así su partida hasta el final.

irenecolocha@gmail.com

 

Notas:

  1. Miller, J.-A., Piezas sueltas. Paidós. Buenos Aires, 2013, pp. 57-58.

  2. Lacan. J., El seminario, libro 20, Aún (texto establecido por Jacques-Alain Miller). Paidós, Buenos Aires, 1981, p. 158.

  3. Miller, J.-A., op. cit., p.35.

  4. Lacan, J., El seminario, libro 23, El sinthome (texto establecido por Jacques-Alain Miller). Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 64.

  5. Ibid., p. 146.

  6. Ibid., p. 149.

  7. Ibid., p. 81.

  8. Ibid., p. 64.

 

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