Abel Azcona y la necesidad de poner el cuerpo

Cruzarse con la obra de Abel Azcona implica inevitablemente interesarse por la cuestión del cuerpo. Uno que lejos de ser adorado, es connotado por el propio artista como una forma de accidente gestado y nacido a pesar de los tres intentos de aborto de su madre biológica, los que considera “el mayor acto de amor que nadie hará nunca por él”1. Con una existencia marcada por la crudeza de unas experiencias tempranas en las que el cuerpo es maltratado y abusado por el Otro, Azcona encuentra en el arte una forma de sobrevivir, a través de la cual realiza una tentativa de construir otro modo de nacer, que sitúa del lado de un cuerpo como objeto político.

En efecto, podríamos ubicar su obra a partir de lo que señala G. Wajman como la tarea del arte hoy en día: “dar forma al real, mostrar lo que vemos y lo que no vemos”2.

El encuentro con la performance

En diversas entrevistas y escritos, Azcona relata la que considera su primera acción consciente. A los 17 años, recién salido de un ingreso de dos meses en una clínica psiquiátrica (tras un intento grave de suicidio), se sienta en una silla y para el tráfico de una gran avenida de la ciudad, desnudo, dando alaridos al cielo. Tras ese momento su acto es leído de dos maneras: como “brote psicótico” por el lado de la psiquiatría; pero Abel recibe también las palabras de una de sus profesoras de la Escuela de Arte a la que acudía, afirmando que se trata de una performance.

Es a partir de esta contingencia que toma valor de nominación, que Azcona encuentra un nuevo modo de tratar el dolor de existir, permitiéndole una posición subjetiva la cual resuena con la afirmación lacaniana “tener (un cuerpo) es hacer algo con”3. Así, decide investigar y sumergirse en ese concepto de arte: “al momento empaticé con esa manera de trabajar con el cuerpo en extremo, porque era algo que necesitaba.” El poder de esta nominación se extiende hasta día de hoy, como refleja su obra “El perdón” (Pamplona, 2022) donde Abel expone la carta rebosante de ironía que esta profesora escribe años más tarde a aquellos que se escandalizan por su creación.

El empuje del goce y la necesidad de poner el cuerpo

Ya en su niñez y adolescencia experimenta momentos en los que es atravesado por la efracción del goce en el cuerpo, lo que le empuja en varias ocasiones a ponerse a disposición del Otro como objeto de abuso. A posteriori, Azcona hace una lectura de estos actos como un modo de rescatar sus orígenes, de responder a la búsqueda permanente de su madre a partir de los dos únicos rasgos que conocía de ella: la prostitución y el consumo. Frente a una simbolización imposible del enigma de su llegada al mundo, el cuerpo de Azcona se vuelve terreno de reiteración de ese goce que no cesa.

En los inicios, sus obras y acciones performáticas seguirán este hilo, sosteniéndose del arte como tentativa de subjetivar esta experiencia de goce y respondiendo a la necesidad de poner el cuerpo. Durante los años 2013 y 2014 desarrolla en tres ocasiones Empatía y prostitución, pieza en la que ofrece su cuerpo desnudo al público para que disponga de él por un intercambio monetario simbólico. Tiempo después realizará su proyecto La Calle, otro trabajo en el que documenta dos meses en Bogotá durante los cuales se prostituye y se somete a un tratamiento de hormonas en un intento de transicionar hacia su madre.

Lejos de resultar terapéuticos, estos ejercicios en los que lleva el cuerpo al extremo conllevan nuevas dolencias. Pero a su vez, la dimensión de escritura que la creación y exposición comportan para este artista, parecen producir efectos de apaciguamiento y posibles puntos de capitón al goce ilimitado.

La obra y los anudamientos

Fiel defensor del arte como herramienta política, sus creaciones están impregnadas de espíritu crítico y alimentadas por las respuestas que encuentra en el discurso del amo, instituciones públicas y religiosas. Dos vías en su obra parecen marcar esta particular construcción en la que cuerpo y discurso encuentran anudamientos:

Sus múltiples trabajos a partir de la burocracia, documentos y escritos oficiales que han ido generándose a lo largo de su existencia. En este sentido destaca su obra Expediente 09872 (1988-2025), una instalación en la que se exponen las más de cien páginas de su expediente de abandono y adopción por Bienestar Social. Azcona realizará varias performances a partir de este material, como su lectura completa en una Feria de Arte o la acción en la que se hace tatuar el número de expediente en el pómulo.

La tensión constante con el Otro institucional (reflejada en amenazas y requerimientos por parte de la justicia, llegando a estar imputado por profanación por Amén o la Pederastia 2015-2024) dimensión que constituye parte activa de su obra, la cual documenta minuciosamente y se convierte en materia creativa.

En la actualidad, Azcona cuenta con más de 400 obras artísticas, esparcidas por galerías y museos de todo el mundo. Hace poco declaraba: “La performance es una metáfora. Con el tiempo, mi cuerpo ya no hará falta. Lo que quiero es que avance la pieza y que el artista no necesite estar presente”.

Así, podríamos pensar que conforme su obra va tomando cuerpo, Azcona encuentra maneras de crear en las que la necesidad de llevar al límite el suyo parece menos urgente.

mariatorresausejo@gmail.com

 

Notas:

  1. Azcona, A., Los pequeños brotes. Editorial Dos Bigotes, Barcelona, 2019, p. 63.

  2. Wajcman, G., “Conversations sur tout ce qui tombe”, Palais de Tokyo, 2014. (Traducción propia).

  3. Lacan, J., El Seminario, libro 23, El sinthome. Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 592.

 

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