Pubertad y deconsistencia: el desafío de un nuevo anudamiento subjetivo

Reducir la pubertad a un mero desajuste de hormonas es un error común. Philippe Lacadée1 nos invita a evitarlo considerando que lo que verdaderamente se conmueve en esta etapa es la libido, una parte del organismo que emerge como inquietantemente extranjera. No hay despertar de la primavera sin el sentimiento de estar exiliado del propio cuerpo.

Durante la pubertad, lo imaginario del goce del cuerpo aparece como suelto, segregado, irreconocible, haciendo indispensable la producción de un anudamiento nuevo que lo ligue al ideal del yo.

El trabajo psíquico que tiene por delante el púber consiste en inventar un lazo que conecte su imagen especular con un cuerpo pulsional que, de la noche a la mañana, se le ha vuelto irreconocible. Es lo que con Lacadée podemos nombrar como la «mancha negra». Si evocamos el historial clínico de Juanito, la mancha negra en la boca del caballo imaginariza ese goce propio que emerge desmarcado de las normas del Otro simbólico. Ahí donde chocan las expectativas ideales de la civilización con una pulsión que lo perfora todo, pueden irrumpir la soledad, el aburrimiento y la angustia.

Más allá del espejo: el cuerpo del adolescente y el «saber hacer»

Christiane Alberti2 nos recuerda que el momento en que las palabras impactan en la carne coincide con el núcleo del «sentimiento de la vida». Este cruce entre el goce y la imagen da forma a lo que la última etapa de Lacan denomina el nuevo imaginario, que pasa a sostener todo el peso del nudo borromeo. Es un giro de timón crucial que resalta Jacques-Alain Miller3. Si en los inicios del psicoanálisis lacaniano lo Imaginario quedaba eclipsado por la supremacía de lo Simbólico, el pensamiento tardío de Lacan da un salto: pasa de afirmar que el sujeto «ama su cuerpo» (una idea ligada a la fascinación por el propio reflejo en el espejo) a sostener que el ser hablante —el parlêtre— «adora su cuerpo».

La adoración apunta directamente a la consistencia, es decir, a entender el cuerpo como una especie de «bolsa» que aloja el goce, dejando la preocupación por la imagen en una posición secundaria. Por esta razón, el laberinto por el que transita el adolescente actual no se resuelve con la simple receta bienintencionada de «aceptar el propio cuerpo”. El verdadero trabajo subjetivo radica en construir un saber hacer con ese cuerpo habitado ahora por un goce inédito.

Soluciones con el cuerpo y clínica del exceso

La dimensión de la pérdida, cuyo papel es estructurante en la constitución de la subjetividad, atraviesa graves dificultades en nuestro momento civilizatorio. Las teorías del colecho o las dificultades con el destete y el control de esfínteres dan cuenta de cierta dificultad para introducir la dimensión humanizante de la falta. En la época puberal esto se traslada a lo que Domenico Cosenza4 llama la clínica del exceso, donde los adolescentes a menudo se ven inundados por un goce imposible de soportar que tratan de inscribir sin el recurso a lo simbólico, a través de prácticas sobre el propio cuerpo.

Golpearse, cortarse, atiborrarse de comida o hacerse pasar hambre, anestesiar el cuerpo o sobreexcitarlo mediante sustancias, adoptar conductas de riesgo o aislarse radicalmente, son algunos de los modos en que los adolescentes de hoy tratan la angustia sin pasar por la mediación de la subjetivación de su sufrimiento psíquico, presos de un cierto “analfabetismo introspectivo”.

Algunas prácticas de musculación extrema, cirugías, maquillajes performáticos, tatuajes y perforaciones son intentos de abrochar anudamientos singulares que impidan que el cuerpo se desarme. Deben ser leídos como soluciones patológicas, es decir, son la defensa que el adolescente ha encontrado frente a un sufrimiento insoportable cuando el anudamiento borromeo está flojo y el goce se deslocaliza.

Cosenza plantea5, por ejemplo, que en la anorexia no nos las vemos con una mera distorsión de la imagen corporal, sino con una encarnizada lucha por la consistencia. El sujeto anoréxico intenta reducir el cuerpo a una forma rígida, momificada y controlada, blindada contra las intrusiones del goce. Se adora allí la propia potencia de control, aunque esta se torne mortífera. Paradójicamente, hay un exceso de goce del límite porque el sujeto intenta desesperadamente tener un cuerpo.

Más que pensar estos fenómenos desde la hegemonía de la imagen especular, este nuevo imaginario que Lacan formaliza en su última enseñanza —que incluye la sustancia gozante— nos permite interrogar esos síntomas donde el adolescente utiliza el goce del cuerpo mismo para fabricarse un nudo suplente, buscando, en el límite de lo vivible, un modo de arreglárselas con ese goce insoportable que amenaza con hacerlo estallar.

beatrizgarcim@hotmail.com

 

Notas:

  1. Lacadée, P., El despertar y el exilio. Gredos, Barcelona, 2010, pp. 20-21.

  2. Alberti, C., “Curtirse en un nuevo imaginario”, El Psicoanálisis 46, 2025, pp. 13-14.

  3. Miller, J.A., El ultimísimo Lacan. Paidós, Buenos Aires, 2013, p.108.

  4. Cosenza, D., Clínica del exceso. Xoroi, Barcelona, 2022, p.107.

  5. Cosenza, D., El muro de la anorexia. Xoroi, Barcelona, 2021, p. 193.

 

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